Leiva: «Nunca había dicho te quiero en una canción»

Es uno de los músicos más populares del rock nacional, triunfa con «Monstruos» y está preparando el nuevo disco de Sabina. Ya están a la venta las entradas de su gira por Galicia


Anda muy exigido Leiva. Al poco de sacar Monstruos (2016), se ha embarcado en una aventura con Joaquín Sabina y Benjamín Prado que le ocupa la mayor parte del tiempo desde hace tres meses. “Estoy metiendo melotrones y cosas que jamás han sonado en los discos de Joaquín”, dice.

-¿Qué estás aprendiendo de él?

-Muchas cosas de la vida, del oficio y de todo. Lo que más me impresiona es la facilidad que tiene Joaquín a la hora de contar historias y su orden. Estoy al lado de un tipo que para mí es el mejor. No paro de aprender. Él conoce las rimas. Sale, por ejemplo, despertador. Y te dice: “Con despertador hay diez o veinte rimas que están bien, pero estas dos me gustan mucho”. Las tiene en el archivo. Él no dice nunca nada genérico. Él no dice: “Por la carretera”. Él dice: “Por la M-30”. Él no dice: “En el Bar”. Él dice: “En casa Juanito”. Y de eso aprendo todo el rato.

-¿Qué crees que tenéis en común?

-La necesidad de seguir la canción perfecta. Él, literariamente, está a años luz de mí. Pero en lo musical somos los dos unos apasionados de Dylan o de Cohen. Y, luego, nos manejamos en universos parecidos.

-Vienes de un álbum propio en el que aparecen monstruos, miedos, sincericidio, traición... ¿Una purga?

-No estaba concebido como un disco de autoayuda. Pero una cosa es lo que quieres y otra cosa lo que sale. Supongo que sí, que es un disco donde me reconcilio un poco conmigo mismo y, de alguna manera, exorcizo mis pequeños nudos. Tampoco voy con una cuchilla de afeitar, pero sí que estoy hablando del vértigo. Es un recurso habitual. Cuando uno está bien está tomando cervezas con amigos, no haciendo canciones.

-Llama la atención que titules como “Sincericidio” un single cuyo mensaje es: “Te quiero”. ¿Eres de esas personas a las que le cuesta decirlo?

-Tengo bloqueos. La dimensión de esas palabras me parece muy grande y tiendo a no regalarla. En el lenguaje de la canción pop no me parece una expresión que suene bien. “I Love You Baby” suena de puta madre, pero “Te quiero” es blando. Siempre me las he buscado para no decirlo. En este caso creo que suena natural. Como nunca había dicho te quiero en una canción, pues lo dije varias veces.

-Les has dado incluso un tono épico a lo Ennio Morricone.

-El traje de la canción me apetecía mucho. Esos riffs de Morricone con los que hemos crecido son maravillosos. Hacer un riff rock con este toque me parecía un híbrido interesante Y la canción era perfecta para ello.

-¿Estás de acuerdo en que este es un disco más rock y menos roll?

-Bueno, yo no soy muy defensor de los posicionamientos entre el pop y el rock, y aún menos con el rock y el rock n’ roll. Creo que es una discusión que no tiene fin. Te pongo un ejemplo: que alguien me diga qué es Helter Skelter de The Beatles. ¿Es rock? ¿Es pop? Es verdad que en este disco, a diferencia de otros que siempre tienen un rock n’ roll de estilo en plan stoniano, no tiene eso. Pero es algo premeditado.

-¿Cuesta mover las caderas ahora?

-Sí, tiene más músculo guitarrero y un punto menos divertido y menos urgente.

-Las carreras en solitario de integrantes de grupos tan exitosos como Pereza no suelen estar al mismo nivel ¿Tuviste miedo al dar el paso?

-Lo mío fue curioso. Yo venía de tener una banda con mucha popularidad, es cierto. Con Pereza metíamos 20.000 personas en Madrid. Pero tenía la necesidad de cambiar. No empecé mi disco en solitario persiguiendo ese éxito, sino que buscaba una aventura nueva. No me perseguían los demonios de “Uff, tengo que llenar”. Con Pereza nunca preguntaba cómo había ido la venta. Siempre estaba lleno. Volver a recuperar el origen no solo no me producía vértigo, sino que me hacía mucha ilusión.

-¿Necesitabas un renacimiento?

-Claro, buscaba emocionarme con lo más pequeño. Yo creía que iba a ser imposible que volviera a tocar en un Palacio de los Deportes y que vinieran 15.000 personas a verme. Me parecía inviable. Me lo he vuelto a encontrar, quizá por no pretenderlo. Para mí está siendo todo un regalo.

-Hablando de recuperar emociones. ¿Cómo sentiste el calambre original que te llevó a ser roquero?

-Eso siempre ocurre cuando ves a alguien que te impresiona mucho. En mi caso, todo ocurrió un día, con once años, en el gimnasio de mi colegio. Los chavales del instituto hacían un concierto. Estaba jugando al fútbol y me colé. Tocaba el grupo de Rubén, Buenas Noches Rose. Yo vi eso y sentí la llamada del Olimpo del rock: “¡Guau! Esto es lo que yo quiero”. Ese día nunca se me olvidará. Algo me envenenó: “Yo quiero hacer lo que hacen estos melenudos”. Ahí empezó todo para mí.

-¿Cuesta mucho revivir ahora ese chispazo inicial?

-Es difícil. Las emociones que uno tiene al principio no se vuelven a recuperar. Por ejemplo, la primera gira. El desconocimiento de las cosas produce mucha ilusión. Era muy apasionante. Luego te profesionalizas y encuentras la emoción en otras cosas. Pero el primer año de gira no se supera. Es algo muy físico. Una pasada. Llamas a casa desde una cabina de teléfono y dices: “Mamá, voy a hacer un concierto esta noche en A Coruña, con mi banda”. Eso jamás se te olvida. Luego pasan cosas flipantes, pero como esta ya nunca más. Eso es tremendo.

-Parece que has nacido para ser músico, que no había otra opción laboral.

-Solo he hecho música. Creo que no sé hacer otra cosa. Si las cosas fueran muy mal y tuviera que ponerme a trabajar de otra cosa, me pondría. Me gustaría ser guía de montaña, por ejemplo, que es mi otra pasión. Antes de hacer música, cuando trabajaba, era jardinero. Pero no creo que sea bueno para otras cosas.

-¿Guía de montaña? ¡No te pega nada!

-Pues sí, conozco muy bien la sierra de Madrid y podría dedicarme a estar en la montaña con gente.

-¿Por qué compones canciones?

-Pues yo creo que, en mi caso, lo hago para entenderme a mí mismo. Me he ido conociendo conforme he ido escuchando mis propias canciones. Ahora me subo a un taxi y ponen un tema de Pereza. Escucho un verso y me doy cuenta de cosas. Es como un atajo para comunicarme conmigo mismo. Si no hiciera canciones no sé si me hubiera hecho tantas preguntas. Seguramente si le hicieras la misma pregunta a Keith Richards te diría: “Yo para follar”. Pero, en mi caso, es un poco diferente [risas].

-¿Ya os han propuesto juntar Pereza en esta era de la nostalgia?

-Sí, lo han hecho. Hace poco me llamaron de mi oficina diciendo que un loco ponía una cantidad de dinero insultante para que hiciéramos un concierto juntos. Y sí, llegan propuestas. Vitalmente no tiene sentido alguno. Pereza es algo que ocurrió porque éramos unos chavales que nos juntábamos para hacer música. Aquello se hizo muy grande. Cuando empezamos a aburrirnos un poco lo dejamos. Para retomarlo, necesitamos Rubén y yo sentirlo. No me seduce que venga un tipo con una bolsa de pasta gigante y me la ponga sobre la mesa. Tengo una gran relación con Rubén, hablé con él hace dos días. Pero todo eso lo veo muy lejano.

-Eres una estrella pop. ¿Cómo convives con eso?

-Bueno, tengo una popularidad bastante comedida. Yo voy al supermercado y a la carnicería, hago una vida bastante normal. Pero no me meto en Malasaña un viernes a la una de la mañana. Bueno, lo hago a veces, pero sé que si lo hago se me va a acercar mucha gente a hacerse foto. Todavía no he conseguido sacarle el beneficio a la popularidad. Para mí es la parte menos divertida de nuestro oficio. No gozo de los privilegios que se supone que tengo que gozar. No me divierten las fiestas VIP. Si de algo me puedo beneficiar, es que si voy a urgencias me cuelan. Es lo único que me interesa del éxito (risas).

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