Maside, Seoane y un océano entre los dos

Víctor Mejuto

FUGAS

VÍTOR MEJUTO

La Fundación Luis Seoane de A Coruña acoge hasta el 2 de octubre la exposición «Carlos Maside, Luis Seoane. Aquel Abrazo»

16 sep 2016 . Actualizado a las 11:38 h.

Con frecuencia los pintores construyen una amistad sobre la observación activa y el seguimiento recíproco de las obras de unos y de otros. Una conversación en forma de pequeños logros cotidianos del taller y de no pocas inseguridades. Los amigos pintores se visitan con frecuencia, sobre todo cuando una nueva hornada se orea en los caballetes o en el suelo, si al artista le estorba la gravedad. Nadie entiende mejor a un pintor que otro pintor. Dicen que los amigos de Picasso escondían sus mejores cuadros cuando él los visitaba porque Picasso los fagocitaba para luego vomitarlos convertidos en otra cosa. En algo mejor.

Sin llegar a ese extremo a veces un pintor necesita salirse de sí mismo, pasearse por el jardín de otro, para luego volver al tajo, con otra mirada. Carlos Maside y Luis Seoane (exiliado en Argentina) tenían este tipo de relación. Pero estaban separados por un océano. Para lograr esa intimidad de la que hablo recurrían a la relación epistolar y cruzaban fotografías en blanco y negro. Un intercambio lento e incompleto. Pero hondo y apasionado. Hoy un artista puede compartir sus obras con colegas de otros continentes en tiempo real. Un intercambio raudo y atropellado. Pero superficial.

Maside se ponía en manos de Seoane: era tal el grado de confianza. Seoane por su parte tiene a Maside por un maestro y es el primer artista en el que vislumbra un lenguaje nuevo para la pintura gallega. Maside se queja en sus cartas de su falta de contraste y de la soledad en la que desarrolla su obra. Sin un interlocutor. Seoane se queja porque está lejos de la temática sobre la que pivota toda su obra: Galicia. Seoane se ve obligado a idealizar aquello de lo que habla. A buscar dentro de sí mismo. Maside vive dentro de lo que habla. Seoane pinta en una sociedad mestiza y de aluvión. Un puerto franco donde las ideas se criollizan: habitan físicamente un lugar pero se nutren de otro. Maside vive en un lugar apartado de cualquier atisbo de vanguardia. La pintura de Maside nos llega hoy fresca y sin rastro de fatiga. Porque las dudas son lo que la mantiene viva.

De todo esto habla la exposición que la Fundación Seoane alberga hasta el 2 de octubre. Una muestra articulada sobre un estrecho dialogo cuadro a cuadro. Un gran montaje.

Carlos Maside, a pesar de su aislamiento, está informado y es capaz de poner su conocimiento en perspectiva como demuestra su ensayo En torno a la fotografía popular. Realiza un fino análisis de los retratos realizados por los primeros artesanos de la fotografía. Por su simetría, hieratismo y frontalidad los compara con el arte egipcio. Se anticipa muchos años al descubrimiento (por no decir redención) de Virxilio Viéitez. En el ensayo también ahonda en aspectos pictóricos y ahí, como Seoane, tiene en cuenta el encendido dilema entre figuración y abstracción. Como Seoane se decanta por la figuración. Es el lenguaje que mejor sirve a sus intereses. Pero también hay una mirada hacia el románico y hacia un cierto primitivismo que a veces deviene en panteísmo. Es el caso del cuadro Res que en la exposición dialoga con un estarcido de Luis Seoane titulado Reses. La vaca de Maside es como un animal sagrado de Franz Marc, los estarcidos son como un petroglifo, una mirada rupestre contemporánea. Entre Muller sentada de 1930 de Maside y Maternidade de 1966 de Seoane parece que hubiera un eje de simetría. Las dos piezas comparten peso y composición. En los cuadros de la tienda de Maside de 1933 las telas ordenan el espacio como pequeños campos de color, la abstracción neoplasticista acecha. Los retales se convierten en leiras, en un retrato de nuestro minifundio en la obra Paisaxe de Compostela de 1931 que se enfrenta a un paisaje de madurez de Seoane de 1978, una obra suelta y despreocupada, el tipo de obra que solo pueden hacer los pintores que alcanzan, por fin, la verdadera libertad creativa, la que no sirve a más intereses que los de la propia pintura.

En Dúas paisanas de Maside y Loita de Seoane, ambos de 1946, los autores comparten incluso gama de color. Pero en Maside está mas presente el dibujo. Con esa línea marcada, a veces con lápiz, a veces utilizando una pincelada fría. Loita de Seoane tiene algo de goyesco y la pincelada es gruesa y empastada. En Maside siempre aflora el dibujo. En sus apuntes y en sus retratos vive una línea clara. Todas las dudas de la pintura desaparecen en el dibujo.

Hay dos cuadros en los que se aprecia con claridad el tratamiento de la línea. En Lavandeiras Maside la emplea para enfatizar, para delimitar los campos de color. Una línea pictórica o pincelada dibujada en la que a menudo utiliza un color vibrante. Finalmente Maside pinta cuando dibuja. En A malla Seoane libera la línea de la misión de dibujar, y ahí comienza su aventura. Seoane continua donde lo dejó Maside.