«Harry el sucio»

José Barreiro

FUGAS

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José Barreiro recrea, con su particular estilo, una película de culto en la que Clint Eastwood tenía de compañero a su Magnum 44

26 ago 2016 . Actualizado a las 05:30 h.

Clint Eastwood interpreta a Harry el sucio, personaje que consolida su fama en América y le proporciona un estatus de estrella que duraría décadas, con el escepticismo de Bogart, aunque más desquiciado, y la violencia repentina de Lee Marvin. Más allá de los diálogos famosos y las discusiones bobas en torno al presunto perfume fascista de Harry Callahan, hay dos asuntos en Harry el sucio que llaman la atención. El primero, sin duda sobresaliente y que se beneficia de una de esas prospecciones geográficas que de vez en cuando ofrece el cine cuando hay un buen director detrás, es la soltura con que la ciudad de San Francisco asume el peso principal del relato.

La bahía, los puentes, las colinas con sus cuestas de parque temático, el ayuntamiento, habría que remontarse a los paseos de Kim Novak en Vértigo para encontrar un retrato tan espléndido de San Francisco.

El otro gran acierto es la dirección de Don Siegel. Sobria, directa al grano, con una estética tenebrista y una narrativa preocupada únicamente por el ritmo furioso de la película.

Siegel ha sido montador jefe de la Warner, es decir, jamás pierde el tiempo en rimbombancias. Una de las primeras escenas, en la que Eastwood explora la azotea desde la que el asesino en serie Scorpio ha disparado a la primera víctima, ya nos sugiere la idea de que el inspector Callahan ha encontrado a otro de su misma especie, alguien que actúa con unos códigos de salvajismo similares. Esta secuencia tiene su eco más adelante, cuando atrapa al criminal en medio de un estadio de fútbol vacío y no vacila en torturarlo mientras la cámara se va hacia atrás hasta convertirse en un plano aéreo y ambas figuras se convierten en una abstracción dándonos a entender que son lo mismo, solo que en bandos opuestos. Harry el sucio es una cacería. «Por eso lleva un Magnum, un revólver hecho para cazar», dice John Milius, que en cuestiones armamentísticas posee varios doctorados.

Siegel olfatea con astucia la sociedad de los setenta, con la gente cansada de crímenes, atracos y delincuencia, y perfila un detective de homicidios chulesco y expeditivo que obedece las reglas hasta que ya no funcionan y entonces se sitúa por encima de la ley, convirtiéndose en ese arquetipo que tanto gusta al público: un justiciero y su revólver, un hombre que aparca las leyes en la cuneta y arregla las cosas a su manera siguiendo ese axioma retorcido de que «hay tanta gente practicando la ley que nadie se ocupa de la justicia».