El hombre frente al Estado

FUGAS

Dos ediciones casi simultáneas realizan sendas bellas antologías de los ensayos de Thoreau, siempre dispuesto a desconfiar de la civilización y entregarse a la naturaleza

05 ago 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Apuntan los editores de Errata Naturae, en el prólogo de Desobediencia, que la gran pregunta que acechó a Henry David Thoreau durante toda su existencia fue: ¿Cómo debería vivir mi vida? No parece una cuestión menor, aunque suene menos rimbombante que el programa filosófico de los que hoy son tenidos por los grandes pensadores de Occidente. Su modesta forma de situarse en el mundo, más allá de la mítica cabaña en el bosque, llevó a su amigo y maestro Ralph Waldo Emerson a decir en un texto que le dedicó unos días después de su muerte: «No tuvo tentaciones contra las que luchar, ni apetitos, ni pasiones». Al recordar este pasaje, los mismos editores replican con contundencia y sobrados motivos: «Como si la tentación de vivir una vida a la espigada altura de sí mismo no fuera una pasión extrema, potencialmente demoledora, que mantuvo a Thoreau siempre en guardia y en tensión para no ceder a la posibilidad de vivir una vida ajena, impropia, una vida que otros se habrían ocupado de pensar, pautar, cercar». El apunte final no es baladí, ya que buena parte del corpus ensayístico de Thoreau versa sobre cómo hacer frente al Estado, limitarlo, atacar incluso su posición paternalista y, por supuesto, no colaborar con él mientras vaya contra los intereses del ciudadano, o menoscabe sus capacidades y su dignidad. De ahí vienen sus teorías (y prácticas) sobre la desobediencia civil, sobre la insumisión, que, con la que ha caído en los últimos años, especialmente desde la crisis económica, han vuelto a ponerse de actualidad. Una clave podría cifrarse en torno a la idea de en qué forma el Estado debe reintegrar al individuo el poder que este (desde la comunidad) le ha conferido.

La vigencia del pensamiento de Thoreau supera lo puramente político, que fascinó a los rebeldes del 15-M. Su enseñanza -o mejor, su crítica- viaja también a un terreno más íntimo, como mostró en su retiro junto a la laguna de Walden. En un mensaje cuyo destinatario parece la sociedad del siglo XXI, de la velocidad, el ruido, las pantallas, el consumismo, la apariencia y las redes digitales, Thoreau insta a la reflexión en El manantial (pieza contenida en la edición de Página Indómita): «La mayoría de las personas que me encuentro en las calles están, por así decirlo, atadas a lo externo. Viven completamente hacia afuera, yendo y viniendo, mirando hacia atrás y hacia delante, siempre de puertas para afuera. Me gustaría verlas vinculadas a lo interior, penetrando cada vez más, yendo cada día un poco más lejos, para que, cuando preguntara por ellas, no tuviera que oír que se han ido fuera, a Rondout o Sackets Harbor, sino que se han retirado a las profundidades del ser».

La lección de libertad que expone Thoreau no se presenta en forma de guía, ni como libro de autoayuda. Sus observaciones son una invitación a pensar: no te empeñes en viajar a los mares del Sur, «cada hombre es una ensenada que aún no ha sido explorada».