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«S.O.B.». Blake Edwards, 1981


No hay duda de que en Hollywood la integridad suele ser un animal desesperado, incluso mitológico. Cada vez que la integridad aparece en semejante geografía el fenómeno cobra visos de avistamiento marciano y se impregna inevitablemente de cinismo y desencanto, algo que el cine se ha encargado de mostrarnos en El crepúsculo de los dioses o en S.O.B., una película poco frecuentada y escondida en la filmografía de Blake Edwards. Las siglas S.O.B. aluden a una expresión que goza de gran popularidad en la industria cinematográfica: «Standard Operational Bullshit», que en una traducción precaria viene a ser algo parecido a «cualquier mierda que uno se inventa para justificar lo que sea».

Félix Farmer es un productor de éxito que pierde la cordura cuando la película más cara de su carrera se convierte en un fiasco. De repente, sufre una epifanía taquillera que consiste en volver a rodarlo todo transformando la trama en una bazofia semierótica donde su mujer (Julie Andrews), acostumbrada a papeles de perfil mojigato estilo Doris Day, sirve de reclamo.

Seguro que conocen esa famosa sentencia que Groucho Marx soltaba al descuido cada vez que se refería a Doris Day: «La conozco desde antes de que fuera virgen». Durante algún tiempo, Julie Andrews sufrió un momento Disney similar, es decir, vivía atrapada en un fotograma de Mary Poppins o, peor aún, en uno de Sonrisas y lágrimas, hasta que su marido, Blake Edwards, intentó quitarle esa etiqueta de favorita de las familias norteamericanas con alguna escena atrevida en Darling Lili. Resulta obvio que el argumento de S.O.B. posee una gran carga autobiográfica. Edwards hace acopio de todos los agravios sufridos en su trayectoria y dirige una sátira disparatada con un jefe del estudio aficionado al travestismo, productores aficionados a amputar películas, periodistas de cotilleos al borde de la demencia y una pléyade de representantes, abogados, asistentes y apoderados de todo pelaje a los que el guión va desquiciando los diálogos hasta extremos tan hilarantes que el espectador encuentra un remate sulfúrico en la esquina de cada frase. La escena de la fiesta, repleta de situaciones descabelladas, prostitución infinita y un sarcasmo tan corrosivo como el de Billy Wilder, es el mejor ejemplo. Cuando dos policías llaman al timbre, William Holden, director venido a menos, les da la bienvenida: «Qué mejor que un uniforme para mantener el orden en una orgía». «¿Está bromeando?», pregunta el agente. «Sobornar, tal vez, pero bromear, jamás», apostilla. Y los policías entran y se adaptan con total naturalidad a la desmesura.

Por qué verla

Por la habilidad de Blake Edwards a la hora de narrar secuencias con seis o siete situaciones en paralelo y múltiples frentes abiertos que va rematando en el momento propicio. Su sentido del ritmo y su talento para la comedia son asombrosos

Por cómo queda retratada la comunidad de Hollywood, un microcosmos poblado por lacayos intentando medrar y donde los jefes son, a su vez, esclavos de otros jefes

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