Una escritura más natural

La literatura siempre ha descrito el entorno y la relación humana con él. Pero los últimos años han visto un auge de la escritura sobre la naturaleza que ha propiciado la recuperación de clásicos y la aparición de una nueva generación que no solo aborda su contexto ambiental, sino que busca una conexión emocional del lector con el paisaje

Detalle del libro-caja titulado «Contacto Nocturno» y compuesto por cuatro páginas de papel de fibras vegetales y papel de aceite de linaza con dibujos a lápiz y puntos de fuego, dos cuernas de ciervo del Valle de Alcudia, obsidiana de río de México y bromelia de Houston (Texas) sobre parafina y serrín de cuernas. Esta obra forma parte de «La Biblioteca del Bosque» iniciada por Miguel Ángel Blanco en el invierno de 1985 y compuesta en la actualidad por 1.130 libros-caja
Detalle del libro-caja titulado «Contacto Nocturno» y compuesto por cuatro páginas de papel de fibras vegetales y papel de aceite de linaza con dibujos a lápiz y puntos de fuego, dos cuernas de ciervo del Valle de Alcudia, obsidiana de río de México y bromelia de Houston (Texas) sobre parafina y serrín de cuernas. Esta obra forma parte de «La Biblioteca del Bosque» iniciada por Miguel Ángel Blanco en el invierno de 1985 y compuesta en la actualidad por 1.130 libros-caja

Una mañana a finales de los años 90, el ecologista y documentalista británico Roger Deakin tuvo una revelación mientras nadaba en el foso que rodeaba su granja Walnut Tree en Suffolk, una ruina de tiempos isabelinos que había restaurado: como el Neddy Merrill del cuento de Cheever, pensó en nadar por ese gran río que formaba la suma de ríos, estanques, lagunas, canales, estuarios y el ancho mar. El resultado, Waterlog, fue un recuento de su viaje, en el que Deakin no solo narraba el mundo natural que se encontraba desde lo que denominó «el punto de vista de rana», sino cómo había cambiado la relación humana con ese medio acuático gracias a la creciente prohibición del baño libre en numerosas zonas. Waterlog significó también una mirada fresca y nueva en las llamadas narraciones naturalistas, que, sumado al inesperado éxito de público, lo ha convertido en un clásico moderno.

Su aparición en 1999 se enmarca en la renovación de la literatura sobre naturaleza, en la que la mirada subjetiva y la capacidad expresiva cobran gran importancia: la mirada sobre el paisaje es tan relevante como el paisaje en sí mismo. La conciencia medioambiental y el deseo de conectar emocionalmente con el lector son otras dos características que se hallan en estas obras, pero el espectro es tan amplio como las intenciones de los autores, que oscilan entre el planteamiento más biográfico y el que sitúa el foco sobre el entorno.

Esta nueva tendencia ha propiciado tanto la recuperación de clásicos, como las reediciones de Thoreau a cargo de Errata Naturae (Walden, Un paseo invernal) o Caminar, de William Hazlitt (Nørdica), así como una generación de autores contemporáneos, cuya cara más visible es el británico Robert Macfarlane, que ha explorado con su literatura montañas, rutas que se han borrado de los mapas o una corredoira en Dorset. Macfarlane se vale de recursos de la narración biográfica, que en el caso de Helen Macdonald ocupa el primer plano: H de halcón (Ático de los libros) cuenta cómo amaestró un ave rapaz para sobrellevar el duelo por la muerte de su padre.

Tanto Macfarlane como Macdonald forman parte de un bum en la literatura británica con autores que dedican libros a la lluvia (Rain, de Melissa Hamilton) o la luz (Six Facets of Light, de Ann Wroe). «En Reino Unido existe una larga tradición de literatura de naturaleza, que viene de siglos atrás», explica el escritor y divulgador medioambiental Antonio Sandoval (A Coruña, 1967), que cita también Estados Unidos o Suecia. «Allí el conocimiento de la naturaleza ha formado parte clave de la enseñanza informal y del ocio de buena parte de la sociedad. En consecuencia, los creadores no se han separado de forma tan radical de su biodiversidad y sus paisajes como aquí, donde la producción ha sido y es netamente urbana», añade. En efecto, parece que en la literatura gallega ha sido la poesía, la que ha se ha identificado en mayor grado con el paisaje como vehículo emocional. Sandoval acaba de publicar Las aves marinas de Estaca de Bares, un diario de su pasión ornitológica, retratada también en ¿Para qué sirven las aves? (ambos en Tundra Ediciones), que este año ha alcanzado su tercera edición y se publicará en inglés.

En el caso de Sandoval, las aves son las protagonistas, pero en sus libros habla de mucho más. «Si te detienes a pensar en la cantidad de referencias a ellas que aparecen en la literatura, la pintura, la música, las mitologías... Han sido emblema de muchas de nuestras inquietudes, entre ellas algunas de las más profundas, y se han usado para representar desde dioses hasta marcas comerciales o partidos políticos. ¡Si hasta muchas de las mejores obras del pensamiento humano se escribieron con plumas de ganso! Para mí, con todo, lo mejor que tienen es que representan la que acaso sea la aspiración que mejor define a nuestra especie: volar. Es decir, elevarnos sobre nuestras barreras para descubrir qué hay tras ellas, y entonces continuar más allá».

Vínculo y conservación

Además, Sandoval imprime a su escritura conocimiento pero también emoción, buscando establecer con el lector un vínculo que se extienda a la propia naturaleza con un objetivo conservacionista: «Cuando cualquier persona conecta emocionalmente con algo de forma positiva y nutritiva, ya no desea que se pierda: lo quiere conservar». Algo que necesita «muchas horas de bosques, montañas y orillas», así como muchas lecturas y la búsqueda de una voz propia. Y Galicia es un buen lugar. «Tiene tantas cosas que contar cada día a quienes la quieran escuchar y ofrece tantos espectáculos de colores, formas, texturas, luz y sonido a quienes sepan contemplarlos, que es imposible elegir siquiera un puñado», dice Sandoval con respecto a los elementos del paisaje gallego. Con todo, la mirada es lo primordial: «No es preciso acudir a escenarios sublimes, sino estar pendiente de dónde te surge algo que contar o describir. Para eso basta a veces con salir de casa hacia el bosquecillo más próximo».

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