Existencial, lírico, filosófico, enigmático. Fernando Pessoa agota los adjetivos, pero no su popularidad. Nuevas ediciones de su poesía, su gran «Libro del desasosiego» y especialmente de sus cuentos, con un alto porcentaje de inéditos en castellano, revalidan su posición como uno de los autores más leídos e influyentes del siglo XX
22 abr 2016 . Actualizado a las 05:00 h.«Tengo más almas que una. Hay más yos que yo mismo. No obstante, existo». Estos versos de Viven en nosotros innúmeros los firma Ricardo Reis, uno de los heterónimos más conocidos de Fernando Pessoa (1888-1935), junto a Alberto Caeiro, Álvaro de Campos o Bernardo Soares. Lejos de constituir un mero recurso literario, el poeta portugués se valió de ellos para retratar lo múltiple de nuestras personalidades, lo imposible de su univocidad, sus irreductibles variaciones. Para Pessoa -el ortónimo y los heterónimos- uno mismo era fuente de extrañeza, inserto en una realidad que tampoco se dejaba aprehender por las anteriores visiones simplificadoras y reduccionistas. El rígido evolucionismo decimonónico desembocaba en el siglo XX, el siglo de las dudas, de la desorientación, del malestar anticipado por Freud, del desasosiego, sin duda. Un nuevo siglo que necesitaba otro lenguaje para explicarlo.
La indudable calidad literaria de la obra de Pessoa lo ha consolidado como un clásico, y como clásico que es, cada sucesiva generación encuentra en su voz ecos nuevos. La fascinación por su personalidad, desplegada en toda su laberíntica heteronimia, parece conectar directamente con nuestra era: fragmentaria, dispersa, fugaz. Las máscaras que ponemos en juego en nuestro cada vez más compartimentado día a día, además de los diversos avatares con los que nos relacionamos en los entornos virtuales, parecen evocar la diversificación que preside nuestra identidad.
Aparición reveladora
Así, la obra de Pessoa no ha dejado de crecer en lectores y prestigio, especialmente desde la aparición reveladora del Libro del desasosiego en 1982. Prueba de ello es la coincidencia actual de cuatro novedades para el lector en español: la recuperación de las traducciones clásicas de José Antonio Llardent, por un lado, y por otro, dos nuevas versiones de Libro del desasosiego y Ficciones del interludio, a cargo de Manuel Moya, responsable también de la traducción y edición de los cuentos del escritor portugués.
Precisamente este último volumen constituye todo un hallazgo literario, ya que reúne por primera vez 58 narraciones breves, la mayor compilación de los cuentos pessoanos, de las que apenas había media docena traducidas al castellano. Y además del aspecto cuantitativo, se añade el hecho de que el lector de Pessoa descubrirá -una vez más- una voz muy diferente a la que ya conocía. «Se vuelve muy transparente en sus cuentos», afirma Moya, quien ha dedicado buena parte de los últimos diez años al estudio y traducción del autor.
Las narraciones permiten así rastrear la ascendencia de los narradores británicos y norteamericanos -Edgar Allan Poe, Charles Dickens, Arthur Conan Doyle- en un Pessoa que se escolarizó en inglés cuando su madre viuda se casó de nuevo y emigró a Sudáfrica. También hablan de su interés por el ocultismo, que se agrandó tras conocer a Aleister Crowley, pero sobre todo, de su necesidad de crear y vivir en otros mundos a través de su escritura y la de sus heterónimos, para los que incluso describió detalladas biografías. «Pessoa era, básicamente, alguien que trató de escapar. Buscaba puentes, accesos a otros lugares, como la Alicia de Carroll», explica Moya. ¿De qué escapaba? El traductor cita dos circunstancias angustiosas para el escritor: el miedo a la muerte, después de experimentar a una edad muy temprana la de su padre y otros parientes muy próximos, y el miedo a la locura, de la que se habían dado casos en su familia materna. Moya cree que esto también explica ese sustrato racional bajo lo fantasioso que se puede apreciar en los cuentos de Pessoa: «Él intentaba explicarlo todo y en ello tenía mucho que ver su percepción de la locura. Creía que a través del raciocinio podría salvarse de ella. Pero también buscaba salvarse a través del esoterismo y también del alcohol». Un hombre con todas sus contradicciones.
Los heterónimos podrían ser una forma de conciliación. «Ya sabemos, desde el Míster Hyde de Stevenson, que no somos pétreos. No somos de un trazo», contextualiza el traductor. En su opinión, los heterónimos son el medio con el que contó Pessoa para alcanzar ese anhelo escapista: «Más que un inventor de mundos, lo que quería era que lo dejasen en paz. Escapar, irse a otra parte. Y los personajes lo conectan con esos mundos, él que era tan tímido y no se juntaba con cualquiera». En ese retraimiento social también intervenían sus antepasados. «Se sabía heredero de una aristocracia militar y percibía que se había desclasado», afirma Moya. Ahí tenemos a un hombre soltero, henchido de saudade, que vive en casa de su tía, de su hermana, que se pasea por una Lisboa de la que apenas se distanciará en vida, como un flâneur baudeleriano.
Maldito
Como Baudelaire y como Rimbaud, también a Pessoa lo persigue un cierto aura de malditismo que Moya cree que convendría despejar. A pesar de que su obra publicada en vida no deja de ser la punta de un iceberg -por ejemplo, los 185 poemas que dio a la imprenta, los sonetos ingleses, los relatos, frente a los 27.000 papeles que dejó escritos-, el traductor argumenta que era una figura conocida en los círculos literarios de la época ?la que revista que cofundó, Orpheu, fue un hito? y que algunos de sus textos aparecieron en diarios lisboetas de máxima tirada. «Y cuando murió, sus amigos escribieron necrológicas», añade. Entre sus amistades se contaba la de un gallego, Alfredo Guisado, periodista a ambas orillas del Miño, republicano, poeta publicado en Orpheu y difusor de la obra del heterónimo Caeiro. En todo caso, la timidez era característica de su personalidad: «Rehuía el laurel», en expresión de Moya. El traductor cree que a su éxito contribuye también la «ternura que inspira en el lector. Es un fracasado, sin duda. Pero asume el fracaso, lo considera un pequeño éxito», dice de quien renuncia a una vida burguesa para consagrarse a la escritura.
El interés por Pessoa también se hace patente en escritores de todas las literaturas y la gallega no es una excepción. En 1988, para sumarse al centenario del poeta, Ediciós do Castro publicó un volumen colectivo en el que diversos autores analizaban las múltiples aristas de su personalidad y obra. Xulio López Valcárcel se ocupó de Alberto Caeiro. El tiempo pasado desde entonces no ha restado en contra del escritor. «Para min, é un dos mellores poetas europeos, xa non digo portugués», proclama. «É un poeta moi versátil, con múltiples rexistros, filosófico, vangardista, tanto en si mesmo como nos seus heterónimos. Nel conviven diferentes voces, acentos, nun único poeta», añade. Para Valcárcel, el valor de Pessoa reside en su «proposta rigorosa, moi radical, moi honesta», además de sus «reflexións de enorme calado conceptual, metafísico, existencial». El escritor gallego considera que la obra del portugués está «de plena actualidade, xa que se adapta aos tempos», e íntimamente ligada a Lisboa, que tantos recorren con un libro suyo en la mano. «Eu tamén me fixen a foto na Brasileira», admite Valcárcel entre risas, en referencia a la escultura del escritor, reclamo del café que frecuentaba.
La fascinación también puede adoptar formas lingüísticas. Es el caso de la escritora canadiense Erín Moure, quien a partir de su interés por sus antepasados gallegos -su bisabuelo era un emigrante de Crecente- empezó a aprender la lengua y muy pronto vio que también podía leer a Pessoa en el original. «Fue como si estudiar gallego hubiese creado nuevas neuronas en mi cerebro», escribió en la introducción a Sheep?s Vigil by a Fervent Person, un poemario que reproduce el Guardador de Rebanhos con una versión muy libre de Moure. Pessoa admite esas versiones, lecturas e interpretaciones. Porque, como coinciden Moya y Valcárcel, «no es solo un escritor, es una literatura en sí mismo».