Los Douglas, elegía por el siglo del star-system

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A punto de cumplir cien años el patriarca que puso en pie «Espartaco», su hijo Michael, gravemente enfermo, podría decir adiós al cine

18 mar 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

No sé muy bien cómo se forjan eso que se llaman las leyendas norteamericanas. En lo que se refiere a Hollywood, el tiempo solo permite que una de ellas permanezca con vida. A punto de cumplir el siglo, este diciembre. Cuando me piden el nombre de cuatro o cinco actores universales, los eminentes, nunca cito a Kirk Douglas. Y, sin embargo, en mi lista de películas norteamericanas esenciales nunca faltan Un extraño en mi vida, Dos semanas en otra ciudad o El último atardecer. Estas tres obras maestras asientan su arte mayor sobre autores formidables del siglo XX: Richard Quine, Vincente Minnelli y Robert Aldrich. Yo no podría imaginarlas sin que en ellas Kirk Douglas diese carne al arquitecto acosado por la moralista Norteamérica de los chalés de Norman Rockwell, entendidos como celdas de la pasión de tanta Kim Novak; al director autodestructivo que filma en Roma un rodaje a vida o muerte, al borde del precipicio rojo junto a Cyd Charisse; ni concebiría el falso e incomprendido western de Aldrich, en realidad un guion de Dalton Trumbo cercano a la tragedia griega y al secretamente incestuoso Homo Faber de Max Frisch, sin que en él Douglas baile una ceremonia del apareo musitada en jocoso spanglish.

Qué grande es ser Kirk Douglas. No posee la unanimidad sobre su bondad que acompañó a otras leyendas de su tiempo, como sus amigos y significativos ultraconservadores Charlton Heston o John Wayne. Es conocida la fama de atrabiliario y ególatra que lo acompañó. Desde que ansiaba ser solo actor de teatro y su compañera de clase y precoz amante Lauren Bacall le recomendó al productor Hall Wallis que diese cancha al tipo del hoyuelo -que ya había cumplido 30 años sin debutar en el cine- y que tuvo bautismo áureo en la gran pantalla en El extraño amor de Martha Ivers.

No gozó Douglas de fama de simpático ni de generoso. Ahí está su complejo físico -no poseía una altura al nivel de la fortaleza bigger than life de sus personajes-, al que dio rienda en su relación de competitivo amor/odio de por vida con Burt Lancaster. Ambos son los dos grandes sardónicos del Hollywood dorado y su cinismo se batió el cobre hasta en cinco memorables ocasiones, entre ellas Duelo de titanes y Siete días de mayo. Es conocida la bronca que se produjo en esta última, producida por Douglas. De hecho, fue este el que impuso al director, John Frankenheimer, la presencia de Lancaster en el rol del general golpista, alter ego del militar de extrema derecha de carrera cercenada por Kennedy, Edwin Walker. Pero una vez iniciado el rodaje, Douglas no soportaba asistir a cómo Lancaster centraba en él todo el magnetismo de aquella gran función de golpe de estado palaciego. Y llegó a tratar entonces de volver sobre sus pasos y encarnar él a aquel iluminado ultra. Demasiado tarde: Lancaster le ganó aquella mano y -no solo eso- fraguó una excelente amistad con Frankenheimer que lo llevó a disputarle a Douglas su estatus de gran estrella liberal que producía cine comprometido.

Un personaje que tiene bastante de construcción. Se recuerda a Kirk Douglas como el divo de Hollywood que quebró la caza de brujas imponiendo que el insigne guionista perseguido, Dalton Trumbo, figurase en los créditos de Espartaco. En realidad fue el propio guionista quien había propiciado esa liquidación de la censura de los blacklisted. A Douglas le vino muy bien el papel de heroico defensor de los perseguidos. Contribuía a cerrar su papel no especialmente digno de orgullo durante los peores años del mccarthysmo, cuando hizo saber su anticomunismo sin matices y compadreó con John Wayne, Reagan e tutti quanti.

En continuidad con lo anterior: cuando en 1969 un Elia Kazan en horas bajas recibió la negativa de Brando -quien no le había perdonado el papel de chivato vanidoso y autorreivindicativo de su traición en La ley del silencio- para encarnar al publicitario en suicida crisis de los 50, Kirk Douglas se tiró en plancha a aquella piscina de la que emergía Faye Dunaway, para hacerse con el fruto prohibido de otro de los grandes papeles de su carrera. Aunque el filme supusiera un estropicio en la taquilla.

Y es que Hollywood, en tanto corpus de academia, tampoco mimó al outsider que desde los 60 producía sus películas. Kirk Douglas no posee el Oscar y solo fue nominado en tres ocasiones, en la primera etapa de su carrera, por El ídolo de barro, Cautivos del mal y El loco del pelo rojo. Es decir, ni un solo recordatorio, luego, en 50 años de trabajo.

Y el mal olfato del actor para el Oscar es bien sabido: rechazó el papel que le valió la estatuilla a Lee Marvin por Cat Ballou. Y, después de encarnar en el teatro al protagonista de la adaptación de la novela de Ken Kesey Alguien voló sobre el nido del cuco, rechazó los derechos para cine, que fueron a parar a su hijo, Michael Douglas, quien ganó así, a la primera de cambio, un Oscar como productor.

Michael Douglas: junto a los Huston -John, Anjelica- y a Jane Fonda, es de los pocos que ha superado el lastre de un padre homérico. A mí me costó dejar de ver en él a un vástago privilegiado, poseedor de dos oscars no peleados -el segundo por su Gordon Gekko de Wall Street- mientras a dios padre se le había negado todo. Fue ya tarde, en la última década del siglo pasado, cuando lo vi de americano cabreado en Un día de furia, de cazador profesional de leones en Los demonios de la noche, y en menor medida, al sentirlo buen encajador en su derrota de la batalla de sexos de La guerra de los Rose o de Instinto básico cuando comencé a apreciarlo. Sus trabajos, abiertamente soberbios, de Traffic y The Game me ratificaron que por fin se había liberado de la sombra del padre. Y fue hace tres años, en Cannes, cuando asistí a un trabajo suyo poco menos que mirífico: su recreación angulosa, sibilina, del ídolo kitsch Liberace en Behind the Candelabra me hizo ver en él a lo mejor de los registros de su padre -aquel cinismo puñetero- acompañado de un barroquismo queer que, de seguro, quedaba fuera del reino de la testosterona de papá Kirk. Viendo ahora las fotos de Michael Douglas, muy enfermo, tiendo a pensar que éste será ya su legado a la leyenda secular de los Douglas.