En el monte Vaca de Samoa, a 4.000 metros de altura, hay una tumba con dos inscripciones. En una, en inglés, figura el hermoso poema Réquiem. En la otra, en samoano, se lee: «Aquí yace Tusitala». Tusitala, el que cuenta cuentos, es el nombre que los nativos dieron a Robert Louis Stevenson cuando se instaló en su tierra de vuelta del mar y de regreso de sus aventuras literarias y vitales.
Ahora que los pequeños ya empiezan a preparar sus cartas a Papá Noel y a los Reyes Magos conviene anotar entre las peticiones esta nueva joya que nos regalan Pinto & Chinto y la editorial gallega Bululú: La estrambótica Isla del Tesoro. El volumen, como ya habían hecho en las entregas correspondientes a Gulliver o El Principito, revisita de forma gamberra e irreverente el texto original de Stevenson, que Carlos López lleva a su propio terreno cargado de humor y deliciosas greguerías (como la que encierra la descripción de esas vacas marinas que llevan al cuello un pez cencerro) y que David Pintor reinventa también con unas ilustraciones políticamente incorrectas, como les gusta a los niños y a los piratas.
El libro, que se publica en gallego y castellano, es la demostración palpable de que los clásicos están para ser usados, releídos, revisados y adaptados y no para venerarlos en las vitrinas de los museos, los archivos o las bibliotecas. De la mano de Pinto & Chinto volvemos con John Silver el Largo y su loro a la Isla del Tesoro, con unos bucaneros que cantan tan mal que a veces hacen que llueva, pero no agua, claro, sino botellas de ron como las que invocan en sus cánticos. Unos filibusteros algo menos malvados de los que recordábamos de nuestras lecturas y películas adolescentes, y que cuando tienen hambre o se pierden tienen claro que hay que hacer una escala en la Isla de las Abuelitas para reponer fuerzas.
Esta Estrambótica Isla del Tesoro seguro que le habría encantado al propio Stevenson.