A la sombra del río en Monforte


Ahora que pasaron las fiestas, Monforte está tranquilo, a la espera del próximo gran ajetreo, la vendimia. Como todavía es agosto y el sol calienta, la ciudad despliega su naturaleza y sus aromas con toda la fuerza de la vida.

El que pueda, que vaya en tren. En la estación uno se da cuenta de la dedicación ferroviaria, mecánica, eléctrica que tuvo Monforte durante el siglo XX. A la vista está, allá arriba, el meollo del pueblo, el castro que domina todo el valle, con el convento en primer plano. La falda que da a las vías es un parque arbolado. Hay que subir dando vueltas, cuantas más vueltas mejor, para empaparse del ambiente medieval y las edificaciones populares que aún se conservan, por la porta Nova o la rúa do Burato, la rúa Falagueira, la puerta y la calle de Pescaderías, hasta arriba. Pasamos entre huertas, cercadas, como decía Ausías March, por el recuerdo de grandes gestas, como las del duque de Lemos, mecenas de Cervantes y exterminador de irmandiños, como la de esa generación, la mía, diezmada en los años ochenta por una plaga especialmente cruel aquí, como en Noia.

Bajando a la plaza de España la melancolía queda atrás. Salimos al río, donde los monfortinos caminan deportivamente por el paseo del Malecón, adelantando a los turistas, más lentos y boquiabiertos. Si hubiera que inventar una ciudad para el verano, lejos de la costa, sin su terral y su virazón, tendría que parecerse a Monforte, con su aprecio a los árboles y su Cabe refrescante. Pasad la ponte Vella y aliviaos la sed con un vino fresco del país, en una terraza sombreada. ¡Salud!

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