Sobre la chimenea de la sala de conciertos, que durante el invierno hace las veces de salón doméstico, reposa una guitarra carbonizada, reliquia del paradójico incendio del vetusto camión de bomberos que el grupo alemán Rio Bravo, fetiche de la casa, utilizaba para desplazarse durante sus giras por Galicia a mediados de los 90.
En aquellos años, como en los viejos westerns, comenzó a forjarse la leyenda. Del Náutico, hablamos. Una suerte de Shangri-La para músicos de muy diversa calaña que encuentran en este rincón de O Grove, entre arenas, salitre y válvulas, la genuina esencia de su profesión. Esa que tanto añoran pero que con demasiada frecuencia ellos mismos descuidan.
Del Náutico hablan en los círculos musicales de Madrid con pleitesía rayana en devoción. Del Náutico pregonan los indies catalanes mil y una alabanzas. Y al Náutico proclaman los músicos gallegos infinita gratitud.
Por la brisa de A Barrosa y por sus eclécticas paellas suspiran cantautores y outsiders, figurantes y maestros, místicos y rumberos. Grandes que lo han sido, que lo son y que lo serán. Y alguno que se fue. Todos ellos albergan -algunos sin saberlo- un pedacito del corazón de Miguel, ese tipo enjuto a un móvil pegado que cada primavera muere entre dudas y cada verano obra el milagro. El de este año ya se ha consumado.