Durante la gira que le llevó el año pasado junto a los Bad Seeds a 22 ciudades de Estados Unidos y Canadá, en un vuelo entre Nashville y Manchester (Tennessee), Nick Cave le pidió a la azafata una bolsa para el mareo. No era para vomitar, sino para otra necesidad física. Tenía que escribir. Así nació La canción de la bolsa para el mareo, que ve ahora la luz en castellano de la mano de la editorial Sexto Piso con una espléndida traducción del poeta Mariano Peyrou.
Como en sus letras, Cave navega aquí entre la poesía, el relato, el dietario y la autobiografía para componer «una canción de amor larga y a cámara lenta».
Hay un instante en que asistimos a la escritura de King-Sized Nick Cave Blues en el Westin de Calgary, donde el australiano narra su particular maldición de Sísifo:
-Me pasaba el día empujando la panza de Elvis Presley cuesta arriba por empinadas colinas.
Es Nick Cave, el tipo que invoca a las nueve musas antes de pararse a escribir cosas como esta:
-La mitología empezó a hacer burbujas a mi alrededor como el plástico derretido.
En otro pasaje evoca el momento en que la hermana mayor de un amigo puso sobre el plato un vinilo titulado Songs of Love and Hate, de Leonard Cohen, cuando descubrió el arranque de Avalanche: «Me metí en la avalancha. Me cubrió el alma».
Allí aprendió, justo en aquel instante, que hay diez o veinte canciones a lo largo de la vida que sobresalen por encima del resto de la música. Como cuando escuchó en Londres a Brian Ferry, solo al piano, cantando «la antigua y desoladora balada inglesa The Butcher Boy».
Se acaban las ciudades, los hoteles, las autopistas, los aeropuertos, las bolsas, la gira, el libro. Y Cave se tropieza consigo mismo muchos años atrás:
«El hombre que acaba de salir al escenario en el Sony Centre de Toronto no se da cuenta de que no es un hombre en absoluto. Es el sueño de un niño que está de pie en una trepidante vía de tren [...] El niño y el hombre se sueñan uno al otro. Se recuerdan el uno al otro».