Karl Schlögel: «Las víctimas del estalinismo no sabían por qué se las perseguía»

Es autor de «Terror y utopía. Moscú en 1937», un libro escalofriante que narra paralelamente cómo se desarrollaba una aterradora ola de terror mientras se vivía un ambiente de entusiasmo con la modernización que estaba experimentando la capital soviética. El historiador alemán Karl Schlögel ofrece una novedosa panorámica del estalinismo en una obra fundamental


Asegura que lo más difícil para contar los acontecimientos que tuvieron lugar en Moscú en 1937 fue encontrar una «narrativa de la simultaneidad». La halló utilizando la idea del vuelo fantástico sobre Moscú de Margarita, el personaje de la célebre novela alegórica de Mijail Bulgákov El maestro y Margarita. «De un vistazo domina todo el escenario, entra en los hogares, en los espacios públicos y en los centros de la represión», explica Karl Schlögel (Allgäu, 1948). Antiguo activista maoísta, le marcó la lectura en 1969 del libro El gran terror de Robert Conquest sobre las purgas de Stalin. Trabajó como traductor y periodista y es profesor de Historia de Europa del Este en la Universidad Europea de Viadrina (Fráncfort del Óder) desde 1994 y autor de diversas obras sobre la historia de Rusia. Terror y utopía. Moscú en 1937 recibió en el 2012 el Premio de Leipzig para el Entendimiento Europeo.

-¿Por qué decidió centrarse en lo que sucedió en Moscú en ese año concreto, 1937?

-Quería descubrir cómo fue posible que la violencia, la persecución y el terror pudieron coincidir simultáneamente y en el mismo espacio con la ilusión, la experimentación, el entusiasmo, la modernización y la utopía. Es uno de los enigmas más grandes en la historia europea, aquel año fue algo así como un inconcebible exceso dentro de una historia ya de por sí excesiva. Entre 1937 y 1938 aproximadamente dos millones de personas fueron detenidas y unas 700.000 asesinadas, todo ello siguiendo un plan, una directiva, que tenía su número, 0047. La inmensa mayoría de las víctimas no sabían cuál era la razón por la que se les perseguía. Cualquiera podía ser declarado enemigo por el régimen estalinista. Mientras en otros sistemas represivos los perseguidos sabían por qué lo eran, en el caso soviético no estaba claro. Esa pregunta es lo que me movió a escribir el libro.

-Al mismo tiempo que se desarrollaba el Gran Terror tenía lugar la modernización de Moscú.

-Este es precisamente el tema central de mi investigación, cómo se pudo compaginar esta violencia extrema por un lado y un ambiente lleno de entusiasmo y de comienzo de algo nuevo por otro. En 1937 había una gran actividad intelectual en Moscú, donde se celebraban congresos internacionales de cineastas, arquitectos o geólogos. Al tiempo que se construían infraestructuras. Pero mientras se celebraba el centenario del gran poeta ruso Pushkin tenían lugar los procesos de Moscú y había manifestaciones en las que se pedía la pena de muerte para los acusados. Era una mezcla de cultura y terror. Hasta ahora ha habido una división entre los estudios que se ocupan más de la violencia, del terror, de los campos de concentración, y los que se centran en la arquitectura, el urbanismo o el arte de la época. En mi libro he intentado aunar estas dos tendencias, esta simultaneidad en el tiempo y en el espacio de los dos fenómenos. Eso es lo que me interesaba.

-¿Llegó a alguna conclusión para explicar cómo fue posible?

-Mi objetivo no era encontrar respuesta a todas las preguntas, sino presentar un panorama lo más completo posible de lo que sucedió ese año, no pretendía establecer una nueva tesis sobre el estalinismo, sino dibujar un panorama de contradicciones. Pero tengo una explicación de por qué ocurrió, creo que hubo una conjunción de violencia desde arriba y una disposición a la violencia desde abajo. La violencia desde arriba representada por el grupo de Stalin, que quería deshacerse de cualquier competencia, interpretaba cualquier diferencia como espionaje, quintacolumnismo y traición, todas las crisis se consideraban maniobradas desde el exterior, crímenes. Necesitaba tener muchos enemigos para utilizarlos como chivos expiatorios de todo lo que fallaba, desde los accidentes de tren a las colas en los comercios o las epidemias en el ganado. Pero también hubo un fuerte movimiento en la propia sociedad, había toda una generación de millones de personas que querían una nueva sociedad, salir de la Rusia antigua, y estaban decididos a denunciar la burocracia que estaba naciendo en la URSS. Eso generó una unión de esas dos clases de violencia, que es un fenómeno casi único, puede que haya un paralelismo con la revolución cultural china en 1966 a 1969, donde también hubo una iniciativa de Mao junto a un movimiento de masas abajo, sobre todo de los jóvenes opositores a la élite.

-En 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial.

-De repente había un enemigo claro, manifiesto, real, no imaginario, los alemanes. Por eso la guerra contra el nazismo se percibió como una especie de oportunidad para generar una conciencia nacional colectiva, un patriotismo real. Intelectuales como Pasternak o Ajmátova creyeron que el movimiento patriótico y la movilización de la sociedad contribuirían a que no hubiera una vuelta atrás al un régimen violento y burocrático, pero no se cumplió, sino que a finales de los años 40 hubo una escalada aún más violenta, con purgas, una ola antisemita y anticosmopolita. Solo con la muerte de Stalin se produjo una fractura, el fin de esa maquinaria.

-Hay historiadores que han equiparado el terror estalinista y el nazi. ¿Qué opina usted?

-Hay una gran diferencia. El terror estalinista fue aparentemente caótico, arbitrario, las víctimas no sabían por qué se las perseguía, mientras en el nazismo se dirigía a grupos claramente definidos, los judíos en primer lugar, los comunistas, los socialdemócratas, los gitanos, los homosexuales, los cristianos opuestos al régimen y los eslavos. Al resto, es decir, a una gran masa de alemanes, no les afectó. La violencia estalinista se dirigió fundamentalmente hacia el interior, en el nazismo el enemigo era, sobre todo, exterior. Un campesino soviético que había sido deportado y que volvía al cabo de cinco años no era un espía, no era un agente, no era un saboteador, no perjudicaba a nadie, lo único que quería era volver a su aldea. En las actas de los interrogatorios les preguntaban por qué habían apoyado a la Gestapo o al servicio secreto polaco, lo que era totalmente absurdo. Mucha gente ni siquiera sabía quién era Trotski. Lo que resultó enigmático es que en los grandes procesos de Moscú era la propia élite del partido bolchevique la que se sentaba en el banquillo, personas de muy alto rango como Rakowsky, Piatakov o Bujarin, que admitían que sus actividades eran contrarrevolucionarias.

-¿Qué legado ha dejado el estalinismo en la Rusia actual?

-Aunque han habido un Solzhenitsin y amplios debates intelectuales, queda un legado. No existe una sociedad civil en el sentido de organizaciones autónomas, no hay una opinión pública plural, reina una cierta resignación que da por sentado que el Estado lo ordena todo, queda una convicción de que un poder central fuerte es indispensable para mantener el orden. Putin instrumentaliza esos sentimientos de nostalgia, esa añoranza por el orden, para consolidar su poder. Pero no quiero decir con esto que Putin sea una especie de remake, una nueva versión de Stalin. Putin es un dictador de la era posmoderna, es un maestro en el dominio de los medios de comunicación, sabe cómo manipular a la opinión pública, sabe mucho de la puesta en escena. Como se ha visto hace unos días en el desfile militar de Moscú, ha aprendido de Hollywood, domina la coreografía, la instrumentalización de la opinión pública de una manera sumamente profesional. Putin es una figura del siglo XXI, no simplemente una vuelta atrás a la era de Stalin. Aparte de eso, la URSS en los años 30 era un país joven y dinámico mientras la Rusia de hoy es un país antiguo, demográficamente viejo, inmerso en una gran crisis, que vive del petróleo y el gas.

-Se cumplen 70 años del final de la Segunda Guerra Mundial. ¿Occidente le debe a Stalin la derrota de Hitler?

-Yo creo que Occidente se lo debe al ingente sacrificio de los pueblos de la URSS, no a Stalin. Este, al igual que los países occidentales en Múnich, en realidad allanó el camino hacia la guerra a Hitler. En Múnich se traicionó a Checoslovaquia y el pacto Molotov-Ribbentrop permitió la destrucción de Polonia y la Segunda Guerra Mundial. Hay que recordar que durante dos años en la URSS no hubo ninguna propaganda contra el nacionalsocialismo ni información sobre la persecución de los judíos en Alemania. En Polonia miles de oficiales polacos fueron asesinados. Stalin también fue responsable de la traición a Europa del Este y su entrega a Hitler. Los pueblos soviéticos aportaron 26 millones de muertos y creo que lo correcto no es celebrar el día del final de la guerra como una victoria militar, como ha hecho Putin, sino que es un motivo de luto. No hay ninguna familia rusa o ucraniana que no haya perdido familiares en esa guerra.

Terror y Utopía. Moscú en 1937. Karl Schlögel ? Traducción de José Aníbal Campos. Ensayo. Acantilado Editorial. 1.008 páginas. 45 euros

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
0 votos

Karl Schlögel: «Las víctimas del estalinismo no sabían por qué se las perseguía»