Sin llegar a asomarse al averno, Christina Rosenvinge le da la espalda en su último disco a esa angelical aureola que desde siempre la ha envuelto. Lo hace desde una poética no exenta de humor y, por primera vez, tampoco ajena al compromiso. Lo hace desde la madurez estética y conceptual de sus 50 años. Y lo hace de la mano de ese alquimista del sonido que es Raül Fernández. Después de muchos años, la madrileña recupera el formato de banda de rock and roll en esta minigira gallega
01 may 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Con apenas una pizca de condescendencia se habría convertido en musa de su generación. Lo tenía todo a su favor. Belleza, dulzura, espontaneidad, frescura, cierto punto místico y el nada fácil beneplácito de los artistas coetáneos. Pero adoraba el escapismo. Y jugó a convertirse en objeto de culto. Y, por momentos, oculto. Fueron varias sus travesías en variopintos desiertos. Musicales y personales. De todos ellos, dice, guarda un grato recuerdo. Por lo que supusieron de aprendizaje y porque, de algún modo, «fueron necesarios para llegar hasta aquí».
Un aquí que tiene su paradigmático reflejo musical en Lo nuestro, un disco de aterciopeladas aristas, de industrial romanticismo, de atmósferas y texturas electrónicas sobre las que se mece y acomoda la sedosa voz de una Christina Rosenvinge devuelta de nuevo a la condición de icono generacional, curiosamente por aquellos a quienes ahora dobla en edad.
-«Qué bien se conserva, murmuran al pasar». Así comienza una de las canciones de su disco. ¿Es su frase fetiche?
-Realmente es una ironía porque es una frase que de tanto oírla la he llegado a odiar. Se supone que con 50 años uno debe ser de determinada manera pero cuando llegas a ellos te das cuenta de que todo es distinto, de que los tiempos son otros y de que lo que nos habían contado no era real. Así que hice esta canción, que es un cuento gótico, más que sobre el miedo a la muerte sobre el anhelo de burlarla y el ansia de vivir.
-Porque ¿ha sentido cerca la muerte alguna vez?
-No, y de hecho creo que si puedo hablar de ello con tanto humor y tanta sorna es precisamente por eso. Más que la muerte lo que me daba miedo era la sensación de decaer físicamente. Y eso es algo que no ha pasado. Bien es verdad que la generación en la que me miraba es una generación muy castigada.
-Y usted, ¿se cuida?
-Muchísimo. Desde los 20 años. Mantengo unos saludables hábitos y ahora se nota la diferencia.
-¿No considera entonces al tiempo como un enemigo?
-No, para nada. La plenitud no va pareja con los años. No es a los cumpleaños a los que hay que tener miedo sino a acomodarse. Madurar ni siquiera conlleva necesariamente perder la ingenuidad.
-La mayor parte de los comentarios relativos a su nuevo disco hablan de su reinvención. ¿Cuántas van ya?
-Esa palabra, reinventar, no es de mis favoritas. Para todos mis álbumes he partido siempre de cero. Hacer un disco bajo las mismas reglas de juego que el anterior me parece algo muy pobre y limitado. Me divierte probar cosas nuevas. Aunque a veces hacerlo suponga volver sobre algunas que ya había hecho, pero desde otra perspectiva. Mientras se me sigan ocurriendo ideas novedosas voy a intentar investigar y exprimirlas. No soy nada integrista en eso. Provengo de una cultura bastarda y no tengo ningún problema en saltar de una cosa a otra y apropiármela.
-¿Cómo recuerda ahora sus inicios, su etapa en Álex y Christina?
-Álex y Christina era un proyecto muy bonito y genuino, lo que pasa es que cayó en las garras de la industria musical en un momento en el que te cogían y te explotaban al máximo, procurando vender el mayor número de discos en el menor tiempo posible. Y eso quemaba a cualquier artista. Yo realmente tuve mucha suerte de haber sobrevivido a aquello. Y creo que sobreviví por tirarme en marcha. Porque después de dos discos no me gustaba el plan, salté de aquel vagón y empecé mi propia carrera como cantautora.
-Sin embargo, años después, en determinados ambientes cool se seguía reivindicando a Álex y Christina como un grupo cuasi seminal.
-Sí, bueno... Se habría reivindicado más si hubiéramos desaparecido del todo y nunca nadie más nos hubiera visto [se ríe]. A mí se me ha reprochado mucho el haber dejado Álex y Christina y haber decidido ir en otra dirección. Sin embargo también ha habido gente que me ha escuchado más a fondo y que ha visto una línea continuista. Que en realidad la tiene. Lo que pasa es que no es la típica evolución de una artista. Es algo distinto que requiere un esfuerzo por comprender por parte del oyente. Lo bueno es que con el tiempo todo aquello haya ido ganando en valor.
-Y a nivel personal, ¿qué queda de aquella rubia pizpireta y divertida que lucía tan extravagantes sombreros?
-Pues en realidad, todo. Ahora me disfrazo menos pero el juego es idéntico. Antes jugaba a cambiarme de sombrero y ahora hago lo mismo pero con todo el concepto.
-¿De dónde le viene esa obsesión por «aniquilar la idea del estrellato»?
-Lo de jugar a ser estrella es un efecto secundario de ser músico pero no debe ser el objetivo ni lo más importante. Es algo con lo que hay que convivir sin creérselo demasiado. En cualquier caso, la idea del estrellato ha evolucionado mucho desde que yo empecé.
-No me dirá que usted jamás ha tenido la tentación de creérselo.
-Es que eso es algo como el champán, sube y baja muy rápido pero luego te deja un dolor de cabeza brutal [se ríe]. No, en el momento en el que me bajo del escenario se acaba el glamur. Afortunadamente. El poder de un escritor de canciones está en empatizar con la gente para poder transmitir cosas que ellos están pensando y sintiendo. Y para tener esa capacidad tienes necesariamente que vivir al pie de la calle.
-¿Vivir a pie de calle significa trasladar la denuncia social a sus canciones, como ha hecho por primera vez en este disco?
-A lo largo de mi vida había intentado muchas veces escribir canciones con un trasfondo político pero siempre me resultó tremendamente difícil porque me sonaba todo muy maniqueo o muy ingenuo. Es verdad que en este disco sí que hay alguna, pero ha sido realmente por una cuestión de fuerza mayor. No ha sido tanto que yo haya elegido hablar de política como que la política esté ahora tan metida en cada paso que damos que es imposible que no se cuele en las canciones.
-«Alguien tendrá la culpa» es la letra más dura. ¿Sabe ya quién es ese culpable?
-Un poco todos. Es una letra que no solo pone en duda la falta de responsabilidad institucional sino también la personal. No he querido componer una canción acusatoria. He querido que la que escribe esté incluida en la acusación.
-También se implica con la causa, no sé si llamarla así, feminista...
-Sí, sí, decir feminismo está bien. Es una palabra que ha sido muy injustamente denostada pero que sigue teniendo todo el sentido porque la igualdad lo es solo sobre el papel. Yo siempre me he definido como feminista. Con Álex y Christina ya hice El souvenir, que era una canción antimatrimonio. Con Los Subterráneos grabé Voy en un coche, que es una canción de independencia emocional. En mi anterior disco tenía Tu sombra, que hablaba de la violencia de género... Siempre he tenido canciones de temática feminista. Pero nunca como hasta ahora la gente ha estado tan receptiva a discutir de este tema. Por eso quizá llamé más la atención.
-¿Hasta qué punto advierte su poso en esa pléyade de modernas cantautoras surgidas en España en la última década y con las que no sé si mantiene relación?
-Con algunas sí que tengo relación. Pero nunca les he preguntado hasta qué punto han escuchado lo que yo hacía. Creo que es muy limitado pensar que las mujeres influyen a mujeres y los hombres a los hombres. La mayor parte de mis canciones hablan desde una perspectiva que no tiene género o que sirve para ambos. De hecho creo que esa identificación, ese romper con la dualidad hombre-mujer es básica para que alcancemos la igualdad real.
-¿Entrará por fin con este formato roquero en el circuito de festivales?
-No lo sé. Es un circuito curiosamente muy conservador, bastante cerrado y en el que encaja un tipo de artista muy concreto. Yo, desde luego, hasta ahora no. Solo en el Primavera Sound, en el que toco desde el 2003. Pero bueno, confío en que eso pueda cambiar porque lo que hago ahora está concebido para escuchar de pie con una cerveza en la mano.
Conciertos
Santiago. Capitol. Jueves 7. 21.30 horas. 12 euros
Pontevedra. Karma. Viernes 8. 22 horas. 12 euros
Ferrol. Súper 8. Sábado 9. 22.30 horas. 12 euros