Diotima de Manitea es una sacerdotisa de El Banquete de Platón. La idea de belleza del filósofo griego, y también de su transferencia literaria en el Hiperión de Hölderlin, provienen de esta fuente real o inventada. El amor como anhelo de inmortalidad, como forma de acercamiento a lo divino, como proceso gradual en que se va pasando del plano físico al espiritual. Diotima encarna todo esto, el amor platónico. Hölderlin parece que encontró lo mismo en la bella mujer del banquero Gontard de Fráncfort. «¡Oh, vosotros, los que buscáis lo más elevado y lo mejor en la profundidad del saber, en el tumulto del comercio, en la oscuridad del pasado, en el laberinto del futuro, en las tumbas o más arriba de las estrellas! ¿Sabéis su nombre? ¿El nombre de lo que es uno y todo? Su nombre es belleza. (...) ¡Oh Diotima. Diotima, ser celestial!» (Hiperión I, 2, versión de Helena Cortés).
Manitea estaba en el corazón de la Arcadia montañosa. Allí había un templo de Poseidón retirado del mar. Poseidón equino llamado Hippios, el que se recreaba con el ruido de los carros y las pezuñas de los caballos. El templo proyectado por Agamedes y Trofonio estaba construido con robles, columnas de mármol y vigas de ricas maderas. El acceso no estaba protegido por puertas ni murallas, sino por un leve hilo de lana infranqueable. Si se rompía surgía de las profundidades del santuario una ola gigantesca.
¿Nelly es Diotima? Quizás para el viejo magistrado separado, el Sr. Arnaud (Michel Serrault) sí lo es; pero Nelly (Emmanuelle Béart) no sabe quién es Diotima y, aún menos, que ella la pueda encarnar. La labor de seducción del Sr. Arnaud consistirá en hacerle ver a aquella bella muchacha pero aburrida por la vida: fracasos sentimentales, fracasos laborales, desconsideraciones hacia su persona; que no todo está perdido. El tedio de Nelly es la desgracia de la felicidad o, como escribe Leopardi, el aburrimiento es el deseo de felicidad en estado puro. Todos la desean, todos la mandan, pero nadie la escucha. Cuando el Sr. Arnaud la conoce en la terraza de una cafetería en compañía de Jacqueline, una amiga de ambos, y Nelly le pregunta por él una vez se ha ausentado, ella le responde: «Tuve una relación con él, una aventura, no hubo pasión, pero sí una amistad inmediata. Yo estaba mal y, por primera vez, sentí que un hombre me escuchaba». El Sr. Arnaud escucha, ayuda, no pide nada, está más allá del deseo, aunque advierte a la que va a ser su secretaria que ciertos deseos nunca mueren «gracias a Dios».
Nelly se entera de la vida de su mentor a través de las páginas de su libro de memorias, que debe transcribir. El Sr. Arnaud fue joven, guapo, elegante, de buena posición y ahora está solo, tan solo como ella. Es un señor de edad madura, agradable, separado, con dos hijos mayores a quienes apenas ve. Ella acaba de separarse de un marido sin trabajo, indiferente al amor, sin ilusiones. El Sr. Arnaud quiere cambiar su vida, desprenderse de todo, incluso de los objetos que más ama: su gran biblioteca repleta de primeras ediciones, libros raros. Nelly asombrada le pregunta por qué. Él le responde que, a cierta edad, uno solo lee dos o tres libros una y otra vez. Hablan y hablan. El Sr. Arnaud es antiposesivo, no es un padre pero tampoco un amante, es un merodeador, un contemplador de la belleza y un exaltador de las virtudes de su colaboradora, lo que no les impide discutir acaloradamente de vez en cuando. A través de este trabajo conoce al joven editor con quien parece encontrar cierta pasión, cierto interés amoroso. Nelly engaña a su «patrón» diciéndole que pasó la noche con él. El Sr. Arnaud no se inmuta, lo ve normal, carece de celos; no así el nuevo amante, que pasa de cortejarla y buscarle un empleo en el mundo editorial a nuevas exigencias y reclamaciones. Nelly solo se siente libre y mujer en compañía del Sr. Arnaud y así se lo confiesa cuando él le ofrece refugio en su amplio piso. «Nunca imaginé que conocería a alguien como usted. Va más allá del trabajo, forma parte de mi vida» le dice Nelly, que se va a acostar a una de las habitaciones. Pocos minutos después, el Sr. Arnaud visita silenciosamente la habitación de la invitada. La contempla echada con la espalda desnuda. La contempla como a una escultura de mármol. También contemplar es amar sin pecado ni culpa. La cara del hombre se vuelve melancólica porque de nuevo, al final de sus días, está dispuesto a las penas del amor, a las angustias, a la intranquilidad. E. Levinas en El tiempo y el otro escribe que el amor no es una posibilidad, no se debe a nuestra iniciativa, es sin razón, nos invade y nos hiere. El Sr. Arnaud contempla a Nelly, como si Platón contemplase a Diotima. Y el hilo leve de lana infranqueable parece estar a punto de romperse. Se desgarra cuando Nelly se despierta, no se sorprende ni se inmuta por aquella presencia, le agrada, le extiende la mano a su compañero y este la acaricia con la misma pasión que si abrazase todo el cuerpo desnudo. Nelly le pregunta si no puede dormir. Arnaud le responde que no. Ella le pide que se quede. Ese instante les vale a ambos por una eternidad, pues como afirmó el padre del surrealismo, André Breton, el único arte digno del ser humano, el único capaz de conducirlo más allá de las estrellas, es el erotismo.
¿Pero hay erotismo en el contacto de ambas manos? Erotismo, pasión, pero sobre todo, comprensión, ternura, afecto. Nelly a Arnaud le da vitalidad. Picasso, que sabía mucho de las batallas amorosas, decía que la edad de un hombre era la de la mujer a la que amaba. El amor prolonga el envejecimiento, aunque no nos dispensa de la muerte. Arnaud lo sabe. Nelly lo ignora. Él no descubrirá este secreto. El Sr. Arnaud, frisando los sesenta, rejuvenece treinta años. Arnaud a Nelly le ofrece seguridad, libertad y paciencia para escuchar y hablar con ella de todas sus inquietudes. El sexo ha quedado relegado a un segundo plano. Ambos lo han conocido ya y no les depara ninguna novedad. Nelly habla de intensos «momentos robados». Arnaud confiesa que toda la vida se busca el amor pero, cuando se encuentra, uno se asusta, se sorprende, se inquieta, comienzan los temores. La locura del amor juvenil ha dado paso a la piedad de ambos. «Por qué surge el amor?/Y entonces me hice viejo, vino la muerte y escribí esto./Ten cuidado es agudo como el mundo» (Anne Carson).
La ola gigantesca se ha levantado a causa de la ruptura del leve hilo de lana infranqueable. Arnaud trata de ser sensato. Le deja el piso a Nelly y le explica que va a hacer un largo viaje con su ex esposa, que acaba de enviudar. Nelly se queda decepcionada en medio de la biblioteca vacía. El Sr. Arnaud parece decidido a poner fin a esa aventura, pero al llegar al aeropuerto, a punto de embarcar, le entra la duda. ¿Quedarse o partir? El tiempo no es dado para aprovechar la eternidad y, si hemos perdido demasiado tiempo, la eternidad no será lo bastante larga para lamentarlo. ¡Yo no lo dudaría! ¿Qué mejor viaje que el amor? Como en el Patmos de Hölderlin «... donde hay peligro crece también lo que nos salva».