El mal absoluto existe. Se llama nazismo y se hizo realidad en lugares como el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, un infierno en los confines de Polonia, como dejó escrito Louis Aragon. El verso de Aragon abre las páginas de Sin flores ni coronas, el devastador testimonio que la comunista francesa de origen judío Odette Elina (1910-1991) escribió al salir de aquel abismo insondable.
El sello cacereño Periférica reedita ahora el volumen, coincidiendo con el 70.º aniversario del día en que las tropas rusas liberaron el campo, y el documento vuelve a sacudir al lector con toda la violencia, «la barbarie y el lirismo» que encierra, como subraya Sylvie Jadyjek en el postfacio. La barbarie la ponen los nazis y el lirismo, la autora, que durante aquellos meses en que miró cara a cara a la muerte todavía fue capaz de pensar en Shakespeare, en las hechiceras de Macbeth, en los lienzos del Greco o en las mujeres condenadas de Baudelaire, mientras escuchaba el tamborileo de la orquesta tocando bajo un cielo nublado por el humo de los hornos crematorios.
EL FONDO DEL DESAMPARO
Hay escenas que hacen insoportable la lectura. Como cuando relata que un domingo de mayo ordenaron a cien mujeres trasladar cien carritos de bebé de Birkenau a Auschwitz:
?Los había de todo tipo. Grandes, bajos, viejos, modernos, bonitos, pobres. Pero aún guardaban la tibieza de los bebés que habían cobijado y que acababan de ser quemados.
Aquel día, anota, «cien mujeres tocaron el fondo del desamparo y la desesperación».
Elina regresó a Francia con un pañuelo que la acompañó durante su estancia en el campo de exterminio. Un pañuelo acribillado de agujeros que era un símbolo de su tenacidad:
?No fueron las balas las que lo llenaron de estrellas, sino mi primer cigarrillo, aquel prodigioso día en el que, con mano torpe, enrollé el tabaco que un ruso me dio.
Era el 27 de enero de 1945. El día que Odette Elina empezó a fumar. El día que el Ejército soviético había llegado al fin a las puertas de un infierno llamado Auschwitz-Birkenau.