Francia también es un ejemplo en la elección de alcaldes


Tengo, como Alejandro Sanz, el «corazón partío». No sé si dedicar esta crónica al espectáculo del gobierno de la capital en la cabalgata de Reyes (dos horas de demora, dos carrozas varadas, la ilusión infantil helada?), o mirar hacia el futuro. Bien es verdad que el desastre de la cabalgata fue una metáfora de lo que ocurre en la capital. Fue un eslabón más del desmoronamiento de un grupo de personas que se juntaron en el PSOE para gobernar Ourense. Desde septiembre del 2012, mes en el que se cayó, de vergüenza, el mito de «o noso Paco» (el anterior alcalde hoy imputado en no sé cuántos delitos), todo fue una continua desintegración de un proyecto que había ilusionado a los ourensanos un año antes.

El PSOE local es un ejemplo, pero no el único, de un fracaso colectivo. Los partidos clásicos no son un acicate para la sociedad del 2015 y los que llegan nuevos todavía tienen muchas incógnitas por despejar. Ser alcalde de un pueblo me parece el mayor honor que puede tener un ciudadano. Y esa debía ser la vía de acceso a otros puestos políticos de mayor relevancia. Uno se muere de sana envidia al ver que en Francia (esa gran Francia que no se arruga y se muestra unida y decidida ante la barbarie del terrorismo) llegan a la presidencia de la nación y del gobierno personas que antes fueron alcaldes de sus municipios (Miterrand, Chirac, Sarkozy, Valls y Hollande) y no arribistas con nula o escasa experiencia. Es otra forma de entender la política. Aquí todo se deja al dedo del benefactor. El del PP, por ejemplo, está quieto en lo que respecta al candidato de la capital. ¿Por qué lo esconden Baltar y Feijoo? ¿Por qué menosprecian al actual portavoz manteniendo la incógnita sobre su futuro? ¿Por qué obligan a ir a alguien como el conselleiro de Cultura que, por activa y por pasiva, dijo que no quería el cargo? ¿No habría que descartar a los que no se sienten felices gestionando los intereses de su comunidad y también a los que lo hacen tan solo «porque el partido me lo pide»? Como la sociedad tiene que estructurarse (no hay recambio, más allá del semántico, a los partidos políticos) a través de representantes, el ciudadano necesita claridad. Saber quiénes le van a representar, durante cuánto tiempo y para hacer qué. Prefiero la claridad del líder de Democracia Ourensana que anuncia que abandonará la política municipal si no logra la alcaldía («para ser mero fiscalizador del erario público hubiese hecho oposiciones») al ocultismo del PP sustrayéndole a sus militantes (que por lo que se ve no tienen ni arte ni parte en este proceso) y a sus posibles votantes, la persona que intentará luchar en semanas por la alcaldía de una capital que necesita, como agua de mayo, un revulsivo.

La frase. «Doce anos son máis que suficientes e hai que deixar paso a novas ideas e proxectos». La dijo el alcalde de Ribadavia, Marcos Blanco, al anunciar que deja la poltrona. ¿Deja paso al mismo PSOE o a partidos rivales? Si cree que Ribadavia necesita nuevas ideas y nuevos proyectos, ¿por qué no los incorporó en sus 12 años? ¿Era un tapón para que esas ideas asomaran en el PSOE? El buen gesto de dejar paso deja también la incógnita de la justificación.

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