200 leoneses sobreviven en diciembre de 1888 varios días gracias a la caridad de los vigueses
16 dic 2014 . Actualizado a las 04:00 h.Eran aproximadamente unas doscientas personas, en su mayoría procedentes de la provincia de León. Llegaron a la ciudad de Vigo el 1 de diciembre de 1888 con el objetivo de embarcarse con destino a Brasil. Un agente de emigración, llamado en la prensa Seoane, les había animado a emprender el viaje transoceánico. Estos profesionales trabajaban para países sudamericanos necesitados de mano de obra e, indirectamente, para las navieras que enlazaban Europa con la otra orilla del océano Atlántico. Estos personajes recorrían los pueblos del interior magnificando la aventura americana.
Tras varios días de espera a que zarpara el barco anunciado y tras agotar todo su dinero, estos emigrantes ya solo dependían de la limosna de los vigueses, habiéndose dado el caso de la muerte por hambre de una niña de pecho a consecuencia de las necesidades que afligían a su madre, tal como se recoge en El Eco de Galicia del día 13 de diciembre de 1888.
La situación causó una gran alarma en toda la ciudad, especialmente después de que buscaran el amparo del alcalde, personificado entonces en Primitivo Blein, y del juzgado de instrucción vigués. El 11 de diciembre, los desventurados emigrantes se reunieron en la plaza de la Constitución para reclamar al alcalde que les diesen de comer o que obligasen al agente de emigración a socorrerles ya que incluso no tenían donde pasar las noches bajo techo. Alrededor de ellos se fueron agrupando numerosos vigueses, llegándose a llenar la plaza en torno a las ocho de la tarde.
Excusas y multa
El tal Seoane se defendía en la prensa local, afirmando que no había mandado llamar a nadie y que en los anuncios que fijaba por los pueblos nunca señalaba la fecha de salida de los barcos por lo que no se sentía responsable de la situación de los leoneses.
La difícil situación era nueva en la ciudad de Vigo, pero no en otros puertos de salida hacia América, como el de A Coruña. La gravedad de los hechos hicieron reaccionar al gobernador civil de la provincia de Pontevedra. El 13 de diciembre, el poncio telegrafió al alcalde para que hiciese efectiva una multa de 250 pesetas al agente de emigración Seoane. Al mismo tiempo, el gobernador ordenaba al agente que se presentase en Pontevedra. Esa misma tarde, Seoane se dirigió a la capital de la provincia, acompañado de un sargento de seguridad.
A su regreso de la capital provincial, Seoane se jactó de que el gobernador civil le había relevado de hacer efectiva la multa e incluso le había exculpado de cualquier responsabilidad en aquel dramático asunto. Eso fue lo que dijo él, pero los hechos acaecidos posteriormente empujan a creer todo lo contrario. Seoane se hizo cargo del alojamiento y manutención de los doscientos emigrantes hasta el momento de su embarque con destino a Brasil, que se produjo unos días después.
En los momentos álgidos de la emigración, sus protagonistas se vieron expuestos antes de embarcar a la codicia de delincuentes sin escrúpulos, como ocurriría unos años después con los boteros que embarcaban emigrantes ilegalmente a cambio de dinero. Este método de embarque no siempre era rentable para los emigrantes, como le ocurriría a José Lorenzo Rodríguez, que fue descubierto por la tripulación del buque en cuestión y desembarcado en el Oporto después de haber pagado trescientas pesetas de 1909. O el gran número de carteristas, timadores e incluso asaltantes que merodeaban por el puerto a la espera de los incautos pueblerinos. El emigrante, una vez que subía al barco a plena luz del día, sentía un gran alivio, y ya podía centrarse en la otra gran preocupación: la aventura americana.