La chica con la maleta

Maxi Olariaga MAXIMALIA

FIRMAS

En 1961 el gran Valerio Zurini rodaba con Claudia Cardinale como protagonista la película que da título a este artículo. Esta foto que me envía a través de la red mi buen amigo Xosé Filgueira, presidente del Centro Galego O Aturuxo de Castellón, consiguió darme un revolcón en el tiempo y volar días abajo hasta aterrizar mansamente en la cola de entrada al cine Galicia de Noia en el que, anestesiado por el fortísimo aroma a Zotal que usaban para la desinfección de los urinarios, vi el filme que a las puertas de mi mocedad aún hoy recuerdo como mi entrada al Jardín de las Delicias.

Solo las maletas tienen en común esa fotografía y cualquier fotograma de la película, pero me hace pensar en como mi enrevesado cerebro guarda en un arcón los recuerdos y los libera de su condena a perpetuidad sin ninguna razón aparente. Meditando eso, a codazos se abrió paso entre la multitud de sueños que el baúl guarda, otra imagen potente como un coloso que ocupó por entero mi cavilación y desalojó del campo de la nostalgia toda hierba mala, todo parásito y toda granizada que pudiera frustrar la dorada cosecha del trigo sembrado en la infancia para alimentar mi vejez.

Así fue como conseguí ver a esa niña rodeada de maletas amontonadas sobre el muelle de Vigo y sentada sobre ellas como un estandarte, de la propiedad familiar.

El río de la memoria, para entonces enfurecido, se encabritaba formando remolinos entre las afiladas facas de piedra que relucían heridas por la luz del sol. El pasado, libre como una golondrina, se hizo presente y reviví los viajes a Vigo con mis padres a esperar en los muelles la llegada de los tíos de América.

Juan y Delia nos visitaban con asiduidad en aquellos años cincuenta. Traían coche, unos automóviles con asientos de cuero y salpicadero de madera noble en el que se insertaban los controles de consumo, velocidad, reloj, radio y que sé yo cuantas lucecitas de colores. Recuerdo especialmente un Buyck verde con guardabarros negros que circulaba con majestad sobre aquellos pedregales que desde Noia llevaban a las playas.

Entremedias, sumergido hasta la frente en aquel río helado de recuerdos calientes, el retrato de aquella niña sentada sobre las maletas se hacía más próximo hasta invadir toda la pantalla en la que se proyectaba la película de mi infancia.

Estoy seguro de haber visto esos ojos anegados de sorpresas tristes, ese abrigo que envuelve su destino, ese miedo a lo desconocido y esa cabecita ladeada que parece conformarse y que de hecho acepta la aventura interminable de buscar la propia vida al otro lado de la mar. Tuve que verla. No es posible que su imagen me haya golpeado tan brutalmente si así no hubiera sido.

Ella estaba allí. Estaba allí desamparada como un equipaje de arena que el viento del puerto puede llevarse en cualquier momento y espolvorear con él las aguas que nos separan de Buenos Aires, de Cuba o de Caracas. ¿Qué habrá sido de ella? Por si acaso, hoy está balanceándose en una hamaca de bambú en el porche de su casa, enciendo este grito sin retorno por ver si a través de las palmeras y las cañas llega hasta su sombra tropical y abanica su memoria que es la mía.