Ciclista del Rías Baixas y soldador, se monta en su vehículo de dos ruedas a las seis de la mañana para dirigirse a su empresa; por la tarde, toca cogerla de nuevo para entrenar
21 sep 2014 . Actualizado a las 05:00 h.A Javier González Simón (Vigo, 1995) la bici le acompaña en su día a día de la mañana a la noche. Ciclista del Rías Baixas, el principal elemento de su deporte, al que dedica las tardes, es también su medio de transporte para llegar puntual cada mañana al polígono Monte Faquiña (Mos), donde ejerce de soldador.
Su historia sobre dos ruedas se remonta a cuando tenía siete años. En ese momento entró a formar parte de las filas su primer equipo, el Monteferro, aunque antes ya montaba como cualquier niño. «Mis padres vieron que había una carrera y, como sabían lo mucho que me gustaba, se les ocurrió llevarme. Era lo que ahora es mini-BTT», explica.
Hasta ese momento, también había practicado fútbol, una disciplina que enseguida pasó a un segundo plano. «Entre una cosa y la otra, en ningún momento tuve dudas», comenta. Como tampoco las tendría si le dieran la opción de elegir entre su deporte y un trabajo que, no obstante, también disfruta. «Al acabar la ESO, me llamó la atención el ciclo de Técnico en Soldadura y Calderería y me matriculé en él. Me parecía curioso eso de trabajar dando forma a las cosas», recuerda.
Hoy se muestra convencido de que fue una decisión acertada, aunque sus estudios resultaron diferentes de lo que había imaginado. «Las clases al principio me sorprendieron, pero fue para bien. De todas maneras, es un trabajo muy sacrificado y que te obliga a pasar muchas horas seguidas de pie», reconoce. Tras acabar el curso, aplazó las prácticas para poder competir durante aquel verano. Después las inició en la empresa Integasa, donde tras ese período le propusieron quedarse y donde lleva ya trabajando un año. Y compaginándolo con el ciclismo, «como siempre».
«Cuando estudiaba era mucho más fácil, porque el horario escolar supone menos horas y resulta mucho más llevadero. Ahora se hace duro, pero no pienso en dejarlo porque sé que yo sin la bici no puedo estar». El no renunciar a las dos ruedas hace que sus jornadas sean tan maratonianas como agotadoras. «Trabajo de 7.00 a 15.00 horas. Normalmente ya me voy en la bici por la mañana y al salir, me como un bocadillo, me cambio en el vestuario y me voy directamente a entrenar entre dos y cuatro horas, a veces solo y a veces con otros compañeros de mi equipo», relata. Admite que «algunos días», los menos, saca tiempo para ir a comer a casa y retrasa un poco un entrenamiento al que está prohibido faltar.
Lo fundamental para rendir al máximo en ambas actividades es, sobre todo, la concentración. «En mi trabajo me encargo de diferentes cometidos según las necesidades del momento: trabajo con tubos, hago cortes, agujeros, cabezales, monto conexiones, recibo el material... Es muy importante estar atento para evitar cometer cualquier fallo, porque si te equivocas y te das cuenta una vez que está soldado y está cortada la virola, ya no hay vuelta atrás», señala.
Una pérdida de concentración en la carretera, subraya, le puede costar mucho más cara. «En las carreras no hay problema, estáis tú y los demás corredores y todo el mundo sabe que está habiendo una competición. Pero los entrenamientos resultan muy peligrosos por la falta de concienciación de la gente. Necesitas estar muy pendiente de los coches y no te puedes permitir ni un despiste».
Aunque comenzó en montaña, se siente a gusto en carretera. «La principal diferencia es el trabajo en equipo, algo que también es importante en mi labor como soldador, porque para muchas de las tareas hacen falta varios trabajadores. Son cosas que te luego aplicas en el día a día».
Para Javier, la bici lleva siendo «un desahogo» durante más de media vida. «Igual puedo estar un par de días sin montar, pero ya noto que me falta algo. Cuando acaba la temporada y hay vacaciones, un paseo de media hora no me lo quita nadie. Después de tantos años, te lo pide el cuerpo».
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