Vistos los resultados de las elecciones celebradas el pasado domingo hay algunas cosas que parecen claras, por lo menos para los ciudadanos. Los partidos, sobre todo PP y PSOE, siguen en su mundo paralelo al real. Y los políticos en ese estado catatónico al que se reduce cualquier ser humano sumergido de forma indefinida en la demagogia, ungido una vez al mes con el bálsamo de una crasa nómina. Como diría Rajoy I, el indolente: «Es lo que hay». A pesar de lo que digan no asimilan ni entienden el aluvión de votos dirigidos a opciones minoritarias. Tantos que algunas, como Podemos, han dejado de serlo en veinticuatro horas. Tampoco el elevadísimo porcentaje de abstención y de votos en blanco.
Aunque dentro de poco alguna formación ya podrá hacer un congreso en Alcalá Meco seguirán pensando que la corrupción no es un problema para su partido. Tacharán de antisistema al papa Francisco por escandalizarse ante el 60% de paro juvenil en la zona de Andalucía (¡el 50% a nivel estatal!). O tildarán a la organización Cáritas de radicales por advertir que la pobreza alcanzará en breve a un tercio de la población.
Ellos, en sus altares dorados, no perciben la angustia de quien no tiene para dar de comer a sus hijos, la de aquellos que son arrojados como perros fuera de sus casas o la de quien debe elegir entre tomar las medicinas necesarias para su enfermedad y comer. Esa es la realidad de un gran número de ciudadanos que para mayor escarnio ven a diario como aquellos que roban por millones, aprueban normas y leyes injustas o se enriquecen de forma inmoral se van de rositas. O a consejos de administración que pagan los servicios prestados.
¿Y qué hacen ante el varapalo sufrido? Demonizar los movimientos sociales, injuriar o insultar a sus dirigentes -cuando no intentan encarcelarlos-, mandar a sus agoreros para amenazarnos con un negro futuro, ridiculizar las propuestas de los ciudadanos, azuzar a sus mercenarios de la opinión para comparar este fenómeno con Ruiz Mateos o Mario Conde,... Todo, absolutamente todo, menos escuchar la voz de los ciudadanos y entonar el mea culpa. Solo algún movimiento para la galería ordenado por quienes mandan de verdad, que ven peligra su negocio.
Otra cuestión muy escuchada desde la cita electoral del domingo es «a ver que hacen ahora», «si tuviesen que gobernar se estrellarían», «sin estructura de partido no van a ningún lugar» o «dentro de poco serán como todos». Tranquilos. Para empezar, el listón está tan bajo que es muy difícil que alguien lo haga peor. Segundo, sin estructura será más difícil, pero se ha demostrado que se puede y se es más libre. Por último, seguro que en un crecimiento rápido siempre habrá quien se arrime por interés pero tendrá responder de forma inmediata ante su grupo, sin el corporativismo encubridor de los partidos actuales; más parecidos en su funcionamiento a las organizaciones mafiosas que a instrumentos democráticos.