Realmente una pensaba, seguramente con una cierta dosis de ilusión -ilusión de ilusa- que al preguntarle a los niños por su parque ideal hablarían de montañas rusas, de charcos en los que mojarse y de árboles por los que trepar. Pero no, a los niños les gustan los mismos parques que a sus padres, y por las mismas razones; es decir, porque no se manchan, no se rompen la ropa y no se hacen heridas. Solo los más pequeños conservan la inocencia y se rebozan en la arena sin importarles los gérmenes, esos bichitos que hemos arrinconado de nuestras vidas asépticas a costa -dicen los expertos- de que cada vez padezcamos más alergias. Pero en realidad tampoco debería sorprenderme. A los cuatro años, las niñas ya van con gafas de sol, vestidas a la última moda y contando los días para pintarse las uñas y ponerse zapatos de tacón, mientras ellos nada más salir de la guardería ya emulan a sus héroes del balón tanto en el vestir como en los gestos. O sea, que ese parque ideal que te permite disfrutar de las estrellas desde un manto de hierba fresca queda para los sueños de los mayores, esos sueños a los que volverán ellos cuando superen su larga adolescencia y se topen con la cruda realidad.