Tres mujeres debaten ante una tienda sus derechos al puesto para pedir
10 may 2014 . Actualizado a las 07:00 h.Pasaban unos minutos de las diez de la mañana de ayer. En la entrada de un supermercado de la calle Primavera, cerca de la plaza de Cuatro Caminos, hablan tres mujeres. «Yo estoy aquí todos los días», afirma la más joven. «Cuando yo vine tu no estabas y por eso me puse», responde una gitana sentada en el lateral de la puerta de entrada. Otra mujer, que parece vinculada con la primera, sigue la conversación desde la acera, en silencio y cerca de ambas. Toma y daca por ocupar el puesto. La más joven opta, como alternativa, por situarse en el otro lado de la puerta. La gente sigue pasando por la calle ajena a lo que ocurre. Varias personas entran al supermercado ignorando el debate de la puerta.
Desde el otro lado de la calle, en la esquina, otra mujer sí que atiende a lo que está ocurriendo. Ella, discretamente, ofrece pañuelos a quienes le puedan echar una mano. Desde la distancia le indica a la joven «ponte delante de ella». Silencio y miradas durante unos segundos. La gitana captó la indicación y murmura «pues que se ponga».
La mujer de los pañuelos cruza la calle y se acerca a ella. «Tú eres gitana, ¿no?», le pregunta acercando su rostro blanquecino al de la mujer sentada. Ante la respuesta afirmativa le asegura «nos vamos a entender». Luego le explica que la joven está allí todos los días. En ningún momento pronuncian palabras como mendigar o pedir. Solo dicen que están allí. La joven «hoy no pudo llegar antes y por eso no estaba cuando viniste», argumenta la mujer de los pañuelos. Se acerca a ella, le habla con cariño, trata de convencerla para que deje el sitio, le explica que el supermercado tiene otra puerta al otro lado de la manzana y puede ponerse allí. «Que se ponga ella, yo ya estoy aquí», replica ella. La negociadora argumenta que la joven tiene dos hijos y necesita ayuda para sacarlos adelante. «Y yo soy viuda y estoy sola», replica. Haciendo un gesto con la mano toca el carrito y se cae. Está vacío. Nuevo cruce de miradas.
«Yo soy buena gente», sentencia la mujer sentada. Nuevo silencio. La mujer de los pañuelos insiste. Y la que está sentada se levanta, vuelve a dejar claro que ella es una buena persona. Coge una pequeña silla y empieza a arrastrar el carrito acera abajo, hacia la calle Ramón y Cajal. La joven recupera su puesto habitual. Su silenciosa acompañante continua a su lado. La mujer de los pañuelos cruza la calle y vuelve a su sitio. Lo hace con una sonrisa, contenta del éxito de su labor mediadora. Y es que los puestos de trabajo, hasta mendigar, también se negocian.