La teoría de las placas


José Luis Baltar estuvo ayer presente en el pleno de la Diputación, seguro que a su pesar pero por voluntad de la oposición. Socialistas y nacionalistas creen que el colmo de los colmos es que su hijo regule ahora unos comportamientos que, aseguran, eran costumbre en la institución provincial hasta hace bien poco. La historia de la Diputación es demasiado complicada para valorar el código ético sin equivocarse. Si el sentido común y la honradez no son suficientes hay que darle la bienvenida, aunque sin mucha celebración: ¿hay algo más triste que te tengan que dictar la ética porque suspendiste en la moral?

Al presidente hay que reconocerle la voluntad de distanciarse de otras formas de gestionar, de hacer las cosas a su manera. Pero es comprensible que sus oponentes se queden con la boca abierta al ver que quien destierra la práctica de colocar placas en las inauguraciones es el hijo de quien tiene decenas de ellas por toda la provincia, además de bustos varios, calles e incluso de algún puente.

Al final de lo que se trata es de saber si el código es ético o simplemente estético. Porque está claro que lo de esta provincia no se arregla con un poco de maquillaje

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