Mi Gabo privado

Maxi Olariaga MAXIMALIA

FIRMAS

27 abr 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». ¿Quién no sabe, quién, que con estas palabras comienza la novela más grande y bella desde El Quijote de Miguel de Cervantes? Estas palabras, como una jaculatoria, las he pronunciado yo en las horas duras de zozobra, en las largas noches tormentosas en las que el sueño y la angustia insomne libran una dura batalla en el valle húmedo de las sábanas y también las aventé a los cielos en las extensas mañanas en las que, arrodillado sobre la alfombra tejida por mis lágrimas, en modo alguno podía predecir qué sería de mí, cómo podría salvar el alma y la piel y salir indemne de la trampa en la que había convertido mi vida. Mi única, privada, doliente y pavorosa vida.

La jaculatoria que Gabriel García Márquez me había enseñado a recitar en el año 1967, siempre me libró del mal de altura, de la envidia y del rencor y poco a poco fue con su cincel de palabras, librando de impurezas la soberbia arbolada de la estatua intocable, lejana, fría que yo había esculpido en honor a mi mismo.

La lectura de Cien años de soledad, aunque el trabajo fue largo como el aullido del lobo y arduo como la perfecta armonía de los astros que penden del universo, paulatinamente fue minando mi resistencia a abandonar la presunción, a cultivar la egolatría y, en fin, a convertirme en un monigote amador de las que creía mis más preciadas cualidades. Su lectura y relectura, al cabo de los años, han amansado al potro enloquecido que poseía mi espíritu y lo precipitaba de sima en sima tatuando mi ego con lancinantes heridas hasta que no llegué a reconocerme en las tranquilas aguas solidificadas de los espejos en los que raramente osaba estudiar el odioso yo en que se había convertido aquel niño que no hacía tanto tiempo jugaba al aro y coleccionaba cromos de héroes y villanos.

Aquel niño que podía pasarse una tarde repitiendo de memoria las ciudades que se reflejaban en los ríos de Europa, había terminado convirtiéndose en una desmadejada marioneta a la busca del Hada Azul que lo rescatara de tanta pena. Como Pinocho me lancé a la mar por si encontraba en el vientre de la ballena la redención de tanto dolor y allí fue donde hallé flotando en la tormenta de su vientre el libro de Gabo.

Acurrucado entre los costillares de Moby Dick, supe de los avatares de los Buendía y de las tormentas que frecuentemente se abatían sobre los bananales de Macondo mientras José Arcadio observaba como Rebeca se alimentaba de tierra y devoraba la cal de la pared.

Además de la jaculatoria con la que comienza la novela, recuerdo otras enseñanzas que pulieron lentamente mi prepotente actitud ante la vida: «Hicimos tantas guerras y todo para que nos pintaran la casa de azul». Y también: «Todavía no tenemos un muerto. Uno no es de ninguna parte hasta que tenga un muerto bajo la tierra».

Al igual que el coronel Aureliano Buendía, al final cuando conocí el hielo, supe que quemaba. Aquel día desterré de mí la venganza y la congelé en el corazón oscuro de alguno de aquellos mis cien años de soledad.