«La tecnología digital será la gran aliada de la pequeña edición»

Xesús Fraga
xesús fraga REDACCIÓN / LA VOZ

FIRMAS

BENITO ORDOÑEZ

Constantino Bértolo se jubila y pone fin a una larga y respetada carrera como editor

08 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Constantino Bértolo (Lugo, 1946) puso ayer punto final a su larga carrera como editor, caracterizada por la búsqueda de nuevas voces literarias que, en muchos casos, se confirmaron luego como sólidos escritores. Esa fue la filosofía de Caballo de Troya, el sello en el que se ha jubilado y que creó en el 2003, continuando el trabajo que inició en Debate en 1991, a petición de su dueño, Ángel Lucía, «con el objetivo de volver a dotar de señas de identidad literarias al sello», recuerda. «Desde esa consideración pongo en marcha tres colecciones de narrativa: Punto de Partida, con autores como Ray Loriga, Marta Sanz o Luis Magrinyà; Punto de Rescate, donde se reeditan por ejemplo títulos de Stephan Zweig, Somerset Maugham y Allan Sillitoe; y Punto de Encuentro, con autores como Naipaul, Alice Munro, Clara Sánchez, Pascal Quignard, Garriga Vela y Fernando Fernán Gómez», explica Bértolo.

-En su carrera ha descubierto a numerosos autores. ¿Es esa faceta, la del descubridor, la más pura de la edición?

-Bueno, creo que el verbo descubrir es un tanto desorbitado. En realidad son los autores los que «salen» en busca de editor y no al revés. Los editores, con la decisión de publicar tal o cual libro, lo que hacemos es posibilitar que un texto pase del ámbito de lo privado al espacio de lo público. Publicamos, hacemos público. Desde esa perspectiva es cierto que cuando esa decisión tiene como objeto la obra de un autor que hasta ese momento permanecía inédito la tarea cobra una dimensión especial, muy propia y constitutiva del editar, muy gratificante.

-Empezó a editar en unos años convulsos políticamente y se jubila en una coyuntura de crisis, económica y de modelos. ¿Qué diferencias percibe entre un período y otro?

-En los primeros años del posfranquismo había una cierta necesidad de abrirse a nuevos conocimientos, pero esa etapa no duró mucho. Luego vinieron los años de la autosatisfacción y el entretenimiento como metas. Ahora la crisis puede estar rompiendo la hegemonía de aquella inteligencia sentimental y favoreciendo la necesaria reaparición de una nueva inteligencia crítica. Y cada uno de estos momentos indudablemente no determina pero sí favorece la emergencia y mantenimiento de políticas editoriales diferentes. Veo con satisfacción que ahora tanto a editores como autores no les parece inconveniente hablar de tensiones sociales, espacios políticos o literaturas de intervención.

-¿Cómo están afectando los cambios tecnológicos, como el libro electrónico, a la edición?

-Yo creo que la tecnología digital acabará siendo a medio plazo la gran aliada de la pequeña edición que busque lectores con un nivel de exigencia crítica por encima de la media. Lo digital inevitablemente tendrá que establecer jerarquías y en ese campo el criterio editorial puede resultar relevante, aunque tampoco conviene echar las campanas al vuelo, dado que la inversión en publicidad solo al alcance de los grandes grupos es finalmente lo que mayormente establece las necesidades, determinando en última instancia ya no solo el qué leer, sino el qué sentir y qué gusto literario conviene y hay que tener.

-Se jubila como editor, pero no de la literatura: ¿mantendrá algún vínculo profesional?

-Quizá el cuerpo me pida volver a la crítica literaria y a tratar de seguir incordiando en esa larga batalla por la propiedad, la creación y la circulación de las palabras.

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