Hacia mediados del siglo XIX abrió sus puertas El Muelle de Muros
02 feb 2014 . Actualizado a las 07:00 h.El bar El Muelle de Muros pasa por ser el establecimiento de hostelería con mayor solera de cuantos permanecen abiertos en el municipio. Sus actuales propietarios, José Luís Martínez y Emilia Ribeiro, afirman tener constancia de que ya a mediados del siglo XIX, este mismo local se dedicaba a la atención de marineros. Varios fueron los nombres con que se le conoció, pues pese a que oficialmente se denominaba El Muelle, entre el vecindario se le nombró como el de Pepe Gordo, Padre Benito, o, más recientemente, como el bar de Chubasco.
Este local era el único en el término muradano que disponía de licencia de apertura permanente, dada la consideración social y la dedicación especial que tenía, que era la atención a las gentes del mar. Así, la clientela era diferente según las horas del día, pues desde antes del amanecer y después de caer la tarde, todos los clientes tenían alguna vinculación con el mar, y durante el resto de la jornada iban a El Muelle profesionales de toda índole, especialmente quienes acudían al Concello, al Juzgado o al cuartel de la Guardia Civil a realizar algún trámite.
En el bar El Muelle hacían provisiones los marineros antes de salir a faenar, se tomaban el primer trago de la mañana, pero también allí acudían al regresar a tierra, pues a este establecimiento traían sus quiñones o chonas, a sabiendas de que en el entorno siempre había alguien dispuesto a adquirir ese pescado. Además, en este lugar era donde semanalmente se hacían las partes, se repartían las ganancias de forma proporcional para los tripulantes de cada una de las embarcaciones del puerto.
Pero el bar El Muelle también ejercía como consignatario de buques, lugar de embarque, oficina de colocación y siempre como punto de encuentro y referencia a la hora de gestionar cualquier asunto oficial. Es decir, era como una oficina multidisciplinar.
Suculentas caldeiradas
Dala la diversidad de clientes, la oferta diaria también se adaptaba a la concurrencia. Así, a primeras horas se servía todo lo relacionado con la manutención en el mar, luego era un bar de vinos y tapas, también se servían comidas a mediodía, y por la noche volvían a desfilar por el negocio los marineros que llegaban a tierra.
Durante un tiempo también se sirvieron comidas a tripulantes de embarcaciones que faenaban en la ría, especialmente a la gareta, y en algunas ocasiones el menú era suministrado por los patrones de tales barcos, al menos el pescado con el que se cocinaban suculentas caldeiradas.
Con el paso del tiempo, El Muelle cambió de propietarios, sufrió varias reformas y también se fue adaptando a la nueva demanda de los clientes, aunque sigue conservando su vinculación con el mar, ya que sus propietarios siempre estuvieron emparentados con armadores de barcos de pesca.
Así, en la actualidad, su actividad diaria se relaciona preferentemente con el servicio de cafetería, en la cual también pueden degustarse pescados y mariscos de la ría, pero también adquirieron fama sus tapas y en especial las tortillas denominadas de Casa Pitís, por el apodo de su gerente.
El establecimiento El Muelle es también un referente prioritario para la celebración de reuniones de toda índole, en especial de peñas quinielísticas, clubes deportivos, de citas para contemplar partidos televisados en grupo y también para celebrar asambleas vinculadas con celebraciones o tradiciones, como las reuniones de las cofradías de Semana Santa, o las de las comisiones de las fiestas patronales de la villa.
Era el único establecimiento hostelero que tenía licencia de apertura permanente
Los propietarios del local siempre estuvieron emparentados con armadores