Al ritmo de 1.200 barriles anuales

Begoña Rodríguez Sotelino
begoña r. sotelino VIGO / LA VOZ

FIRMAS

XOAN CARLOS GIL

La cervecería más antigua de Vigo tras desaparecer el Joaquín acoge a tres generaciones de clientes que claman por la renovación de su carta de tapas: aceitunas y manises

26 ene 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Si Chueca hubiera sido cliente de El Pasillo, su zarzuela Agua, azucarillos y aguardiente no se llamaría así. La hubiera titulado: Cerveza, aceitunas y manises, ya que con esos tres pilares del comer y el beber se sustenta desde hace décadas el local del Casco Vello con vistas al hueco que en su día ocupó la puerta de la Gamboa que en la refriega de la Reconquista tiró a hachazos el héroe Cachamuíña.

Desde su apertura en los años 60, el bar ya ha pasado por las manos de cuatro dueños. Entre los primeros estaban Secundino y su mujer, Marisa, cuya huella quedó grabada para siempre porque al parecer fue él el que implantó una forma de tirar la cerveza perfecta, con una buena capa de espuma compacta y cremosa.

Ese es uno de los éxitos del negocio que desde hace 18 años lleva Alfredo Márquez, un hombre bregado en la hostelería ya que es hijo de los fundadores del restaurante Nisio, que ahora llevan su cuñado y su hermana. Alfredo, además, tiene el corazón partío, ya que también regenta ahora otra de las casas de comidas con solera del Casco Vello, el Fai Bistés.

Pero además de la fundamental para una cervecería, hay otras buenas razones para que este pequeño local de menos de 40 metros cuadrados esté siempre lleno y reine un ambiente de alegría que destaca entre la taciturna hostelería viguesa.

Tom Gómez, Alan Aniado, Lani y Nuria Pino, que es la encargada del local, se ocupan de tener siempre bien atendidos a los clientes. tanto es así que no cierran ningún día. «Tenemos un horario más amplio que las farmacias», indica Tom. «Y precios muy asequibles», añade.

La otra característica peculiar de El Pasillo son las tapas. Cuando empezó tenía más variedad, pero desde hace décadas solo sirven dos aperitivos como acompañamiento, aceitunas o cacahuetes en su versión con cáscara que se despachan en un curioso mueble dispensador. A pesar de que el público no para de pedir más variedad, no hay manera.

El camarero recuerda que en cierta ocasión, «un grupo de nuestros cachondos clientes secuestraron el rótulo de la calle reclamando esto. No lo lograron y lo devolvieron». Lani, hermano de Nuria, apunta que otros hicieron lo mismo, raptaron una escultura de una pantera que tienen casi como mascota, con el mismo resultado negativo.

En El Pasillo la medida reina de la cerveza es la caña o el bock en jarra. Aún conservan los gigantescos recipientes que reciben el popular nombre de jirafas, pero los responsables del establecimiento reconocen que ya casi nadie los pide. «Fue una moda que incluía sumergir dentro un chupito, pero ya es residual». De todas formas, del grifo no para de brotar bebida. De hecho, Tom indica que el año pasado despacharon más de 1.200 barriles de 30 litros y que según les aseguran los proveedores, son el negocio de España que más cerveza consume por metro cuadrado.

En el local hay ambiente a todas horas y entre su fiel clientela hay numerosos seguidores del Real Club Celta, pero allí no solo se habla de fútbol, ni mucho menos. Y además, se preocupan de hablar con propiedad. Todavía tienen en las estanterías la Enciclopedia Salvat y el diccionario de María Moliner que en tantas ocasiones sirvió para despejar dudas y zanjas apuestas. «Ahora ya casi no se usa porque todo el mundo lo consulta en el teléfono móvil», reconocen.