Navidad con las chanclas puestas

FIRMAS

08 dic 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Al ritmo que vamos, pronto llegará el día en el que escucharemos en la playa: «Cariño. Hay que levantar la toalla para hacer las compras de Navidad antes de que cierren las tiendas». Realmente, el turrón ya llega a las estanterías de los supermercados cuando aún nos estamos sacudiendo las arenas, y el contraste del moreno con la pálida piel de las partes pudientes es evidente. ¿Y las luces de colores que adornan las calles? Pues visto lo visto, va a ser mejor que las dejen colgadas permanentemente, si no, echen cuentas: las fiestas navideñas acaban a mediados de enero, y los carnavales caen entre mediados de febrero y de marzo, y ya no suelen retirarlas, solo cambian las figuras, es decir, las estrellas dejan paso a las caretas... como la Semana Santa va adquiriendo cada año más importancia, y siempre llega cuarenta días después del entroido, pueden mantener el luminoso adorno callejero reemplazando las máscaras por cruces; y puestos ya en primavera, ¿por qué no esperar a las celebraciones de verano y cambiar crucifijos por soles, notas musicales y otras figuritas? Del estío al invierno, ya habrá algo que adornar.

¿Dónde está el marisco?. «En el fondo del mar, matarile, rile, rile...» podrían contestarme jocosamente. Dicen que hay poco, y el que llega a las plazas no se vende, porque no hay dinero. Puede que a partir de mediados de mes, o cuando se acerquen todavía más las fechas clave, a las centollas, nécoras y demás se les dé por aparecer, aprovechando que, este año sí, los funcionarios cobrarán la paga extra y los demás, aquellos que todavía tenemos un empleo, también dispondremos de algún dinerillo, aunque ya no sea el mismo de otros tiempos no tan lejanos, porque el saqueo de los bolsillos del ciudadano no cesa, ni tampoco el abanico de estratagemas de la legislación laboral. «Virgencita, virgencita, que me quede como estoy», porque si hay una ley que suele cumplirse a rajatabla esa es la de Murphy, y no es que uno peque de o sea pesimista, si no más bien observa que a su alrededor siguen cayendo chuzos de punta.

La lotería siempre premia al Estado. La gran mayoría de los lectores jurarán en arameo al ver cómo los billetes de su cartera van transformándose en décimos y participaciones de lotería. Ese afán por hacernos ricos lo que en realidad hace es empobrecernos un poco más. Hagan el ejercicio de comprobar cuántos millones de euros se reparten en premios todas las semanas y, a continuación, enumeren a las personas que conozcan que se hayan forrado con estos juegos. Si aún así ven positivo este teje maneje, sepan que no menos del 30% de la recaudación (varía en función del tipo de lotería) va a parar directamente a las arcas del Estado, y que ese mismo Estado ha aprobado recientemente una ley que grava un 20% los premios mayores de 2.500 euros. La conclusión es clara: el primer agraciado de cualquier lotería siempre es el Estado, el mismo que vapulea la soldada del ciudadano a base de impuestos, o que aboga por la contención salarial... y al ciudadano, con el dinero que le queda libre de impuestos, va y se le ocurre comprar lotería, que es como un pago de impuestos voluntario. Pero como hay a quién le toca, tenemos que jugar, «non vaia ser o demo».

SÉPTIMO DÍA