Santiago todavía conserva vestigios históricos de la llegada de los franciscanos a la ciudad
03 nov 2013 . Actualizado a las 13:26 h.Val do Inferno parece un nombre poco propicio para la fundación de un convento. Y sin embargo, fue el lugar escogido para erigir la sede de la Orden Franciscana en la capital de Galicia. La tradición cuenta que el propio San Francisco peregrinó a Compostela en 1214 y fue aquí donde tuvo la revelación divina de que debía construir conventos por el mundo y extender su mensaje. Sería entonces el compostelano el primer convento franciscano que se levantó fuera de Italia, y las huellas de esta fundación medieval todavía se pueden ver en el recinto, que, según la teoría del guardián del convento, Francisco Castro, se habría construido sobre lo que era un vertedero. De ahí ese nombre tan poco propicio: Val do Inferno.
«Os muros da cidade chegaban ata onde está a Facultade de Medicina e había unha porta que se coñecía como subfratibus, e isto era chamado Val do Inferno. A miña teoría era que aquí se deixaban os despoxos da Catedral e se lle prendía lume. É dicir, lume, fume e mal cheiro: o inferno». El nombre del infierno judío, Gehena, es precisamente una derivación del nombre que se le daba a la zona más baja de Jerusalén, donde se quemaban los despojos.
Pero los terrenos, por aquel entonces, eran propiedad del monasterio de San Paio de Antealtares, y según la leyenda más sólida, Francisco le pidió al abad que le cediese la parcela y se ofreció a ser su forero. El pago, una cesta de peces anual. Incluso se alude a que el propio santo firmó el documento de foro. Ese pago anual, que se mantuvo hasta el siglo XVIII, lo han recuperado hace un par de años los monjes franciscanos, que llevan su cesta de peces a las benedictinas y es probable que en el 2014, con la conmemoración de la peregrinación, el acto sea más público que en las anteriores ocasiones.
Se levantaron, pues, el convento y la iglesia. «En vida de Francisco aquí non había convento», explica el guardián de los franciscanos de Santiago. Fue Cotolay el fundador del inmueble. De la edificación primitiva, de carácter gótico, se conservan pocos elementos, y todos se pueden ver en lo que actualmente conforma el Hotel Monumento San Francisco. Nada más cruzar la puerta, las ventanas arqueológicas permiten ver lo que queda de aquella primera iglesia franciscana, que miraba a poniente, y que fue sustituida por la actual -del siglo XVIII- que mira hacia la Catedral. A la derecha, el sepulcro de Cotolay, aquel que la tradición hizo carbonero pobre pero que, según Francisco Castro, era, muy probablemente, el regidor de Compostela y miembro de una poderosa familia. «O sepulcro é nobre, non dun carboeiro», remarca el padre franciscano.
Apertura del sepulcro
En la tumba de Cotolay -trasladada cuando se reconstruyó el edificio a la portería- hay una grieta. Parece ser que a principios del siglo XX los monjes llegaron a abrir el sepulcro para comprobar lo que había en el interior. Levantaron acta de la operación y en ella se dice que efectivamente hay una osamenta humana, pero que también se conservan un báculo y una bolsita de piel. «A tentación pode ser dicir, ¿non será un báculo de peregrino como o de San Francisco? Ou incluso ¿non será o cetro de alcalde?» relata Castro, a quien le provoca más curiosidad la bolsa. «¿Hai algo nesa bolsa? Sabemos que San Francisco asinou o documento de foro, que rematou no Escorial e que desapareceu completamente». Hay recibos de inicios del siglo XVII de la entrega de ese foro.
Del primer claustro del convento también queda más bien poco. En concreto, cinco arcos góticos. Uno de los capiteles representa a San Francisco rodeado de animales, que también hacen acto de presencia en la base de las columnas. Quizá, dice el guardián, porque los canteros, que dejaban su impronta en los encargos, hicieron un homenaje al pobrecillo de Asís labrando animalitos como ratones y lagartijas.
Uno de los últimos descubrimientos, además, es la talla de un fraile. Aunque no ha conseguido datarse exactamente, sí es de fábrica medieval.