Discursos vacíos, oídos cansados


Hace algunos días, a raíz de la publicación del enésimo plan de mejora del vial que une Noia con Boiro, ponía de manifiesto las peligrosas condiciones en que se encontraba debido en gran medida a la sucesión de obras inacabadas. Impresentable situación que afecta a la zona de asfalto, los arcenes y la señalización. Pues bien, esta semana he tenido el «placer» de conducir, una vez que había oscurecido, por esta maltrecha carretera; para más inri, con niebla en muchas zonas y llovizna en todo el trayecto. Todos aquellos que «disfrutan» a menudo o de forma ocasional de esta ruta del desastre saben de lo que hablo. En algunos tramos, sobre todo si viene otro vehículo de frente, las líneas son imperceptibles. En muchos tramos, sea por las obras o por la maleza en los arcenes, directamente no existen. El alumbrado amarillo-penoso de muchos núcleos de población estorba en vez de ayudar. De las señales verticales de la calzada, cuando las hay, no te puedes fiar porque a lo mejor pertenecen a obras de hace años. En resumen, que con el nerviosismo, sin ir al gimnasio, adelgazas uno kilo por trayecto.

Pero entre curva y curva, de peligro en peligro, te acuerdas de una estampa que muchos también tienen presente: la habitual presencia -oculto y a traición- del coche patrulla de la Guardia Civil de Tráfico bajando Moimenta en dirección a Noia. Haciendo el agosto los doce meses del año. En una cuesta abajo, donde con solo dejar ir el coche en una marcha larga se excede el límite de velocidad, fijado en 50 kilómetros por hora.

A una también le viene a la cabeza el anterior director general de Tráfico, el mediático Pere Navarro, o la actual y locuaz María Segui, con sus empalagosos paternalismos decimonónicos. O el «no podemos conducir por ti», porque te estamos multando sin compasión. Eso sí, ¡por tu bien! Y ahí me descompongo y me pregunto: ¿No habría que multar entonces a los que permiten y consienten tan lamentables condiciones en un vial durante años y años? ¿Es más peligroso que un coche circule a 65 kilómetros por hora o permitir que miles de vehículos lo hagan por una carretera con gravísimas deficiencias? A día de hoy no conozco ningún expediente de denuncia de la Dirección General de Tráfico a ninguna Administración por hechos de este calibre. Por ello, sus discursos me parecen vacíos, cínicos y que tratan de ocultar el ánimo recaudatorio que, en gran medida, mueve ese organismo.

Tampoco parece muy serio, perdonen mi inocencia, hacer loas y genuflexiones ante una mísera rebaja del IRPF en el tramo autonómico mientras, con la otra mano, se acentúan los recortes en ayudas económicas destinadas a la adquisición de libros o a los comedores escolares. Pero cómo sorprendernos con todo esto, si hemos rebajado tanto el listón ético y moral que en un país que se cree desarrollado se permite que ciudadanos sin recursos no puedan hacer frente a re-pagos sanitarios o alimentar adecuadamente a sus hijos. Y es que algunos días dan ganas de mudarse y no mirar atrás.

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Discursos vacíos, oídos cansados