Lulú Vázquez tiene 103 años. Quila Alonso, 102. Acaban de conocerse, y tienen dos siglos de historia que contar
03 nov 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Tienen mucho en común. Ambas forman parte de ese grupo de 33 personas que pasan de los 100 años en el municipio pontevedrés. Son viudas, se criaron en sendas familias en las que convivieron con otros seis hermanos, no tienen hijos, pero sí una legión de sobrinos, sobrinonietos y bisnietos que les colman de cariño y para los que son un referente... Y, sobre todo, han llegado a su edad en un estado envidiable en el que continúan con una activa vida personal y social. Pero a pesar de compartir generación y ciudad, hasta esta semana Lulú Vázquez (103 años) y Aquilina Alonso, Quila, (102) apenas se conocían. La Voz las reunió para conversar sobre dos vidas plenas.
«Lulú, por fin te conozco ¡Eres más conocida que Quila! -dice esta última rodándola con sus brazos-. ¡Qué ganas tenía de abrazarte! Siempre oí hablar muy bien de ti». «¡Cuánto me alegro de que hayas oído hablar bien de mí!», responde sonriente su interlocutora. Los primeros minutos sirven para ponerse al día y buscar lazos comunes que, por supuesto, los hay. Ambas conocen a una buena parte de familiares y amigos respectivos.
Pero ya metidas en faena, lo siguiente es preguntarles el secreto de cómo han conseguido llegar tan bien a la centena. «No lo sé, la verdad es que hice una vida normal», dice Lulú. «El mío es vivir feliz y hacer feliz a los demás, no teniendo odio ni rencor, saber perdonar para que te perdonen es lo más hermoso. Y vivo del amor que me da la gente», agrega Quila. «No hay que estar quejándose todo el día me duele aquí o me duele allá -le sigue Lulú-, hay que seguir». «¡Pues eso! Yo a eso le llamo plepas, y digo con las plepas no quiero andar -añade su nueva amiga-. A mí me duele todo, pero no me quejo. Soy como la manzana, por fuera tan lucida pero por dentro, pocha».
Cualquiera lo diría... A sus 103 años, Lulú no falta a su paseo matinal diario y a su encuentro con sus amigas en A Ferrería. Sigue cocinando sus espléndidas empanadas y calcetando. Y suele acostarse de madrugada vencida por un libro (ahora está con Descarriados, «que se desarrolla en la India; me encanta leer»). Quila no le va a la zaga, aunque lamenta que su mácula en los ojos ya le impide leer y escribir. También sale mañanas y tardes y está abonada a la temporada de música y teatro del Centro Social Novacaixagalicia. «Me levanto muy tarde porque soy muy perezosa, siempre lo fui -dice-. Pero salgo, porque si no, me quedo con las piernas anquilosadas».
«¿Sabes lo que tengo bueno? La memoria», dice Quila. Algo que comparte con su compañera de mesa, como pronto se encargan de demostrar.
La historia de Lulú comienza en Pontevedra y la de Quila en Sanxenxo. La primera nació en la calle Cobián Roffignac cuando, como recuerda, su casa y la de sus abuelos se sucedían en conexión directa hacia el Lérez. «Salíamos de casa por la mañana con las piraguas, era nuestro río..», recuerda, como también sus años de escuela en el Sagrado Corazón de Placeres. Ha sobrevivido a dos gravísimos accidentes de tráfico, el último un atropello. Cuando se casó con el médico Juan José Harguindey se fue a vivir a Santiago, donde pasó 24 años. Regresó a Pontevedra con su esposo cuando este enfermó y ya se quedó tras su fallecimiento. Lulú es hija de Evaristo Vázquez Lescaille, quien junto a su hermano Enrique fundó la primera radio de la ciudad.
Por su parte, Quila es hija de Rosendo Alonso, oriundo de Astorga, quien llegó junto a su hermano Francisco a Sanxenxo a principios del siglo XX «para invertir». Crearon los dos «principales comercios» de la villa y Francisco añadió habitaciones para los viajeros, dando lugar al hotel decano, La Terraza.
De niña, Quila vivió en Vigo con una tía y posteriormente estudió en la Escuela Normal de Maestras (hoy edificio García Flórez del Museo). Una beca para estudiar un mes en París («fui la única representante de Galicia») le llevó a conocer a Fernando Bellver, con quien se casó a los seis meses y se fue a vivir a Barcelona. Una de sus grandes aficiones era viajar, y lo hizo por toda Europa. Cuando murió su marido, regresó a Pontevedra, aunque los tres meses de verano los pasa en Sanxenxo.
Ambas están al día de todo lo que les rodea. Y perciben la desesperanza general que marca la crisis. «Encuentro que me parece el principio de la guerra, fíjate -afirma Lulú-. Este ambiente me recuerda tanto a aquellos tiempos». «Es horroroso -añade Quila- . España dio la vuelta al calcetín». «Es que ahora nadie -apostilla Lulú- tiene ilusiones por nada».
Quila fue docente durante 29 años y lamenta que el «tuteo» ha dado al traste con el respeto que antes se tenía a los profesores. «Ahora es un tú por tú», dice, como también se queja de la pérdida de autoridad de los padres, a lo que asiente Lulú, que sostiene en ese sentido que «la educación ha cambiado para mal». También les gusta más la Pontevedra «de antes». «Para mí Pontevedra sin coches es como un niño sin libros, porque el coche no solo anima la ciudad sino que le da dinero. Ahora, por ejemplo en Echegaray, pueden cerrar muchos comercios porque no tienen los coches que pasan por sus calles -sostiene Quila-. Creo que el alcalde, que está haciendo buenas cosas, tiene que dejarse aconsejar...». «Es que no se puede entrar en Pontevedra...», contesta Lulú, a quien no le gusta que se hayan retirado las farolas antiguas o las viejas catalpas de A Verdura y sus bancos o la reforma de la plaza de España. «Y los bancos de la Alameda, ¿dónde están?», pregunta. «Yo se lo dije al alcalde, Lulú, que la Alameda es la que da más categoría a Pontevedra, y es la que está más abandonada, y se comprometió a arreglarla».
Si tienen que elegir una etapa de su vida, esta última destaca su niñez y juventud, «fue la época más feliz». Y Quila los años de casada: «Para que un matrimonio vaya bien, hay que saber perder para ganar». La despedida no es tal, porque tras este encuentro, ambas quedan para comer. «¡Encantada de haber entablado esta relación!», dice Quila, «Y de hacer amistad...», agrega Lulú. Poco antes de decirnos adiós, suena de fondo el tema Forever young (Siempre joven), de Alphaville. ¿Casualidad?
Quila: «Es horroroso, España le ha dado la vuelta
al calcetín»
Lulú:«No hay que estar quejándose todo el día, me duele aquí o allá, hay que seguir»