La primera española que abre empresa en Mongolia es de Vigo

Soledad Antón García
Soledad Antón VIGO / LA VOZ

FIRMAS

M. Moralejo

Sofía Constenla emigró hace dos años empujada por la crisis y no piensa en volver

31 oct 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

«Metí mi vida en cuatro cajas, dejé dos en un garaje y las otras dos en casa de una de mis hijas y me fui con lo puesto». Sofía Constenla no dudó en cerrar su piso de Vigo y hacer la maleta cuando en noviembre del 2011 una amiga nacida en Mongolia que residía en Ourense y con la que había compartido algunos negocios le propuso buscarse los garbanzos en Ulán Bator. La ciudad no era desconocida para Sofía. La había recorrido cinco años antes como turista aprovechando un viaje de trabajo a China.

Decoradora de profesión -«también soy delineante industrial naval»-, el pinchazo de la burbuja inmobiliaria redujo su cartera de clientes a la mínima expresión. «Estaba harta de diseñar reformas de cuartos de baño», dice. Llegar a fin de mes era complicado y los ahorros se estaban acabando, así que dejó fluir su espíritu nómada y saco el billete. Solo de ida. «Me fui con lo puesto. Pensé ??lo que quiero es vivir, no vegetar??», asegura. En realidad, además de latas de conserva y embutidos, llevaba la maleta llena de ropa de marca comprada en rebajas. No era para lucirla ella, sino para vender y garantizarse los primeros tugriks -moneda mongol- para iniciar su nueva vida.

Dos años y un montón de peripecias vitales después, terminó montando su propia empresa, Estrella Vigo. «Quise dejar clara mi procedencia». Muestra con orgullo su carné de inversora número uno: «Es que soy la primera inversora española, no hay otra. En realidad de España hay muy poca gente. Somos cuatro».

Si le ha llevado tanto tiempo establecerse «con todos los papeles en regla» no es porque Sofía no pusiera todo de su parte desde el minuto uno, sino porque no es fácil que un extranjero monte un negocio. Entre otras muchas cuestiones, y no precisamente menores, ha de acreditar que tiene al menos 100.000 dólares en el banco y adelantar un año y un mes -«es la norma también para los pisos»- de alquiler del local.

Acreditar que es empresaria le ha permitido una vida más sosegada. Hasta que lo logró, estuvo marcada por un peregrinaje mensual entre Ulán Bator y la ciudad china de Erlian: «Teóricamente, yo era una turista, así que tenía que salir del país obligatoriamente. El día 18 de cada mes me subía al tren a las cuatro de la tarde en Ulán Bator y 17 horas después me bajaba en Erlian, en la frontera china, para sellar el visado. Al día siguiente, después de dormir en un spa, hacía el camino de vuelta. Una aventura».

Con todo, reconoce que lo más difícil ha sido el idioma. De mongol no sabía ni una palabra y de inglés poco más. «Tuve que ponerme a estudiar como una loca». Otra cosa que tuvo que hacer Sofía Constenla fue aprender a caminar sobre el hielo. «El día que llegué estábamos a 30 bajo cero. Me caí tres veces. Las caídas en invierno con el pavimento convertido en puro hielo son habituales», recuerda.

Sofía no se plantea regresar a Vigo a corto plazo. Dice que Mongolia es un país de oportunidades, especialmente en su sector, porque la construcción está en pleno apogeo. «Mires donde mires, todo está lleno de grúas. Como en España hace una década. Es la época del ladrillo, pero parece que los empresarios españoles no tienen narices para plantarse en Ulán Bator», asevera. Ahora tiene más trabajo del que puede atender y, sin embargo, ya piensa en crecer en otras direcciones. Quiere invertir en restauración. Ya tiene nombre para los locales: Tapas y Q2. «La Q es de Quijote», dice.

Lo que ha logrado ya es que un ministro mongol visite Vigo. «Se puso morado de cocido y de pulpo», apunta.