Tras escuchar el discurso de Feijoo, el portavoz del BNG dijo que al presidente solo le había faltado anunciar una ley de la felicidad. Quizás no nos hubiese venido del todo mal que se legislase sobre el asunto, y que se cumpliese la ley, claro. Proclamas al margen, algunas positivas, como la rebaja del tramo autonómico del IRPF para los gallegos con rentas más bajas (que son legión, lo que da la idea de los pesares que se pasan por aquí), lo cierto es que el presidente de la Xunta eludió asuntos ciertamente deprimentes, como la suicida curva demográfica de Galicia, edulcoró realidades tan duras como la fuga de jóvenes cerebros anunciando más proyectos y leyes, y se recreó en las asombrosas potencialidades de Galicia. Y esto último, que debería ser una baza muy a favor, se convirtió en realidad en lo más infeliz de su discurso. Porque tal y como subrayó Feijoo, Galicia es una potencia maderera, pesquera, minera, acuífera, una potencia en producción de energía limpia, paisajística, una potencia en solidaridad, en seres humanos, una potencia cultural. Pero siendo una potencia en casi todo, Galicia es, y esto es lo increíble y lo frustrante, una de las comunidades más pobres de Europa, lo cual es responsabilidad última, e ingrata o feliz tarea resolverla, según se mire, de quien gobierna.