Total incoherencia de un premio


El 14 de octubre del 2013 posiblemente pase a la historia de la Economía como aquel extraño día en el que se concedió el Nobel a dos autores cuyos razonamientos son totalmente incompatibles. En realidad los premiados son tres, Eugene Fama, Robert Shiller y Lars Peter Hansen, todos ellos economistas académicos muy conocidos. Dejando ahora al margen el interesante trabajo empírico de Hansen, lo verdaderamente chocante es que se premie en el mismo instante los razonamientos de Fama y Shiller sobre el funcionamiento de los mercados financieros. Fama es el autor de referencia de la llamada hipótesis del mercado eficiente, según la cual los precios de los activos recogen siempre toda la información relevante para la resolución de los contratos financieros, lo que lleva -alguien dirá por arte de magia- a una natural situación de eficiencia: las finanzas dejadas a su propio criterio son el sumo de la racionalidad, por lo que podemos estar tranquilos sin molestas regulaciones.

Robert Shiller, por el contrario, es un adalid del estricto control de las finanzas. No en vano es autor de la famosa expresión «exuberancia irracional de los mercados financieros», y sus principales libros recientes -como el extraordinario Animal Spirits, escrito con George Akerloff, y Las finanzas en una sociedad justa- contienen explicaciones detalladas y muy rigurosas de cómo la locura de las finanzas desreguladas y fuera de escala de las últimas décadas han traído los actuales desastres. Por lo demás, Shiller no se anda por las ramas al denunciar las ideas que estuvieron detrás de aquellas gigantescas burbujas. Entre esas ideas -«esa arrogancia intelectual parece haber ejercido una poderosa influencia en la economía mundial»-, si algunas destacan son precisamente las de Fama.

No es la primera vez que el comité del Nobel premia teorías enfrentadas. Siempre me ha gustado esa manera de proceder, por lo que tiene de tolerancia metodológica: diferentes ideas económicas merecen ser reconocidas, siempre que se sustenten con rigor. En esta ocasión se ha ido más lejos, al santificar al mismo tiempo dos argumentos que vienen a sostener casi lo contrario, lo que sería imposible en el caso de la Física. Tal vez esa gigantesca contradicción solo se explica por el estado de confusión general en que nos movemos. Mala cosa, pues hablamos del núcleo mismo de nuestros problemas actuales: el funcionamiento de los omnipresentes mercados financieros.

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