Cuando he pensado en los recientes incendios me ha venido a la mente una campaña publicitaria de aquella televisión española en blanco y negro cuyo lema era «cuando el monte se quema, algo suyo se quema». Igualmente he recordado que en alguna publicación humorística, alguien añadía con sorna, «señor conde». Pero, más allá de constatar lo antiguo que soy, parece cada vez más claro que quien diseñó esa campaña tenía razón. Algo mío se quema cuando se quema el monte, y algo tuyo, y algo de todos? y todos, como sociedad, estamos fracasando en la gestión de este bien tan maltratado. Evidentemente hay distintos grados de responsabilidad, y está muy bien que se pongan esfuerzos en detener, juzgar y condenar a los incendiarios. En cualquier caso, esa es la parte más dramáticamente visible del problema. Nuestra sociedad, con sus representantes al frente, tiene que hacer un serio esfuerzo para desarrollar la conciencia comunitaria de que nuestros espacios naturales, además de belleza, pueden aportar de modo sostenible riqueza y bienestar a las personas. Cuando el grupo valora su patrimonio se esfuerza por conservarlo y protegerlo. ¿Qué necesitamos para descubrir el incalculable valor de un bosque?