Ana Botella?
-Sí.
-¿Nivel de Inglés?
-Alto.
-¿Cómo se dice pollo?
-Chicken.
-¿Y repollo?
-Rechicken.
Decenas de chistes como este a cuenta del traspiés linguístico de Ana Botella inundan estos días las redes sociales. El debate sobre las graves lagunas de nuestros líderes políticos en materia de idiomas se ha convertido esta semana en objeto de todo tipo de chanzas en la calle, pero, mal que nos pese, no es más que el reflejo de un sistema educativo deficiente que durante muchos, muchos años, dio la espalda a aquello que está en el origen del aprendizaje de cualquier lengua: la conversación. En este nuestro país, no es infrecuente encontrar bachilleres cuyo dominio de la gramática anglosajona no tiene nada que envidiar a la de los hijos de la pérfida Albión, pero que son incapaces de mantener una cháchara trivial en inglés con el primo de Wisconsin recién aterrizado en Lavacolla.
Las escuelas de idiomas y otras iniciativas como los auxiliares de conversación que hoy salpican los colegios gallegos han permitido avanzar algo en este territorio de las lenguas, pero el camino que queda por recorrer es enorme por cuanto seguramente precisará de un cambio generacional. Entretanto, España seguirá riéndose de episodios como el de la Botella. Aunque gracia, lo que se hice gracia, no tiene mucha. Más bien, todo lo contrario.