«Para meterte en un televisor aún hay que doblarse un rato»

PEPE SEOANE OURENSE / LA VOZ

FIRMAS

Santi M. Amil

Contorsionista, vivió la gloria del circo de Los Muchachos en 87 países

09 sep 2013 . Actualizado a las 14:01 h.

Se metía en un traje de pantera rosa y después, dobla por aquí, retuerce por allá, acababa encajado dentro de la caja de un televisor (de los de antes, que las pantallas planas son de anteayer, como quien dice). «Es verdad que se jugaba con luces, telas negras y una caja un poco más ancha por la parte de atrás, que no estaba a la vista, pero había que doblarse: para meterte en la caja de un televisor aún hay que dar unas cuentas vueltas». Que Miguel Ángel González (Vilar de Barrio, 1954) tenía cualidades para el circo lo vio Jesús Silva, el fallecido padre Silva, alma de la Ciudad de los Muchachos, de Benposta y un espectáculo que llevó el nombre de Ourense por todo el mundo. Cuando se armaba aquella estructura, dentro del monasterio de Celanova, allí estaba Miguel. Hizo de todo. Monociclo, acrobacia, alambre y equilibrio, aunque al final acabó convertido en un contorsionista de primera, un peculiarísimo muchacho de goma metido dentro de un uniforme de pantera rosa. Entre 1966 y 1986, el circo fue su vida.

Contar que se estrenó en Barcelona tocando el clarinete en la banda de pista no tendría mayor relevancia, si non fuera porque allí se convirtió en Mazanitas. Era un chaval, «un pequeñajo», aclara, para resaltar el efecto que podía producir un cañonazo de luz enfocándolo y la escena, con el director de la banda acercándosele, para buscar el aplauso cómplice del público con un sencillo juego de manos, adornado con unas monedas y la expresión «mira mi manzanita». Y Manzanitas empezó a ser desde entonces.

Acumula pasaportes, con sellos de todo el mundo. «Llenábamos allá donde íbamos», recuerda. El idioma era lo de menos. Daba igual estar en Malasia o en Japón. El lenguaje del circo es, o era, universal. La peor situación la vivieron en Argentina. Un dictador puede ir al circo y pasarlo bien. De hecho, ocurría. Incluso podían encajar el discurso de paz y amor que tan bien hilvanado tenía el cura. Pero en Argentina, durante la etapa más negra de su historia reciente, a alguien se le fue la cabeza. Y los muchachos, «por si acaso y miedo a la dictadura», salieron del país de forma precipitada. Ni aduanas ni controles.

Miguel Ángel, que había adquirido un equipo de fotografía aprovechando la primera estancia en Japón, tomó miles de imágenes. Y cuando en 1986 dejó el circo eligió la fotografía para vivir. La calle Juan XXIII pasó a ser la suya. Primero, en Tadel. Luego, en Eurofoto, su empresa. Llegó a tener 16 empleados, entre Ourense, O Carballiño y Ribadavia. Hoy se ciñe a la ciudad, se basta solo para atender el negocio y le sobran horas.

Es de los que aún hoy se emociona cuando sale en la conversación el fallecido Jesús Silva. «Al cura se lo debo todo», proclama de manera franca, sin dejar de lamentar la forma en la que Benposta se fue apagando. De disputas entre benposteños, él que tuvo cargos de responsabilidad en la ciudad, nada quiere saber. «Todos son mis hermanos», concluye, con firmeza, él que fue contorsionista.

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