Emilio Cosent, nacido en Oviedo hace 90 años, construyó parte de la Fábrica de Armas coruñesa, ya cerrada
08 ago 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Tiro a tiro o ráfaga. Así disparan las armas salidas de esta fábrica. «En 1953 llegué aquí», recuerda Emilio Cosent Cifuentes (Oviedo, 1923), ante la fachada. Fue el responsable de la construcción de los ocho pabellones inaugurados por Franco el 7 de septiembre de 1958. Cosent va disparando su memoria, a ráfagas. La primera lo lleva a los 30 años, cuando se casó con Rosita y se fueron de luna de miel. La primera parada, como buenos asturianos, fue en Covadonga. Al día siguiente llegó a su hotel la Guardia Civil: Cosent tenía que volver para A Coruña por un problema en las obras.
Han pasado 60 años y este doctor en Ciencias Exactas y comandante ingeniero de construcción vuelve a su fábrica. «Este muro sí que lo calculamos», apunta, mientras pone su mano sobre una de las paredes de acceso. Por allí entran y salen cada día, a las 14.30 horas, los 69 empleados que están encerrados tras el cese de la actividad, el 30 de junio. «Hay que seguir con las armas, hacerlas y venderlas, si es posible», argumenta.
«Otra vez que vine tampoco me dejaron entrar», recuerda, después de que un vigilante se asome para ver qué pasa fuera de la valla de cierre.
Cosent, presidente de honor del Centro Asturiano de A Coruña, se remonta desde los hechos vividos en Oviedo (cuando salieron de allí, en 1937, las máquinas para construir armas en A Coruña) hasta el último viaje a Fátima, pasando por avatares de las obras de la fábrica, que entonces dependían del Servicio Militar de Construcciones. Con una sonrisa, matiza que «esta es una memoria un poco romántica de lo que pasó».
Explica cómo «compramos los terrenos, parcela a parcela, y procurábamos que los paisanos cobraran algo más de lo que pedían». El recinto ocupa más de 200.000 metros cuadrados y al inicio de la construcción soltaron «cuatro o cinco ovejas». El número de animales fue aumentando en los dos años que duraron las obras, a pesar de que algunas crías acababan en la perola, y al terminar «teníamos un rebaño». ¿Qué fue de las ovejas? Pues «las metimos en dos camiones del Ejército y las llevamos a Monterrei», a unas instalaciones militares cuyo responsable quedó pasmado al verlos llegar. Sorprendido, «y un poco enfadado», quedó otro jefe militar de Verín cuando descubrió que «nos trajimos del castillo esos dos cañones que están ahora en el Parrote», en la Dársena coruñesa.
También plantaron árboles en los terrenos, aunque «no teníamos permiso; un día pasó por allí el alcalde, Alfonso Molina». Bordeando la muralla, Cosent enfatiza: «Ahí me encontré con Alfonso Molina, que era ingeniero de Caminos; le expliqué lo de los árboles y me dijo que no había ningún problema; nos hicimos muy amigos». Y dispara otra ráfaga de su memoria: «¡Molina fue el mejor alcalde que tuvo Coruña, el mejor, sin duda!».