Viendo el arenal vigués un domingo soleado de verano cuesta imaginarse que se trata de un espacio natural, incluso con fanecas bravas
20 jul 2013 . Actualizado a las 07:00 h.chequeo al medio ambiente impacto humano en las playas
Nos acostumbramos a verlas como lugares inertes, con el único cambio del ritmo de las mareas, pero las playas están vivas y como ecosistemas vivos pueden disfrutar de buena salud o enfermar, incluso morir.
Viendo Samil un soleado domingo de verano cuesta imaginar que se trata de un espacio natural, pero la vida se resiste tenazmente a desaparecer, incluso allí, y si no, que se lo digan a quienes pasaron por la experiencia mística de pisar una faneca brava.
Muchas especies vegetales se especializaron para poder vivir en un ambiente tan difícil, porque si lo pensamos un poco comprobaremos que una playa es el peor sitio del mundo para una planta. Tiene mucho mérito sobrevivir en esas condiciones de altísima salinidad, escasez de nutrientes, calor extremo y falta de agua dulce. Desarrollaron raíces enormes, depósitos de agua subterráneos, protectores solares y un largo etcétera de soluciones. Tan especializadas están que muchas de esas plantas no pueden vivir en ningún otro lugar y algunas de ellas, como las camariñas que podemos ver en Cíes, son endémicas y están en peligro de extinción.
Esa misma especialización se produce también con las especies animales, que también tienen mucho mérito. Imaginémonos viviendo en un lugar en el que las condiciones de vida cambiasen absoluta y radicalmente dos veces al día. Pues así se siente un caramujo y sus colegas de la zona intermareal.
Pero posiblemente los mejores ejemplos de adaptación podemos verlos en las aves marinas, sobre todo en esas limícolas que vemos corretear nerviosamente por las rocas y la orilla de la playa, con unos picos tan variados como lugares posibles en los que buscar el sustento. Por ejemplo la píllara das dunas, un pequeño y discreto chorlitejo, tiene la pintoresca costumbre de hacer su nido en medio de la vegetación dunar. Para defenderse de los depredadores, su plumaje y el cascarón de los huevos se mimetizan perfectamente con su entorno. La idea es buena, pero nuestro amigo plumífero no contaba con que en plena época de cría comienza la invasión humana de las playas, pisando justo por encima de donde intenta sacar adelante a su nidada, y así le va. Es una de nuestras especies más amenazadas de extinción, aunque todavía sobrevive heroicamente en arenales como playa América donde se realizan campañas para proteger sus nidos restringiendo el paso a sus zonas de cría.
Para nuestra especie, las playas nunca fueron un sitio especialmente agradable. Excepto en las temporadas de verano, nadie se acercaba por allí y mucho menos se le ocurría irse a vivir a un lugar en el que se sabía que el mar, en un momento de cabreo, podía tirarte la casa. Incluso en lugares tan aparentemente domesticados como Samil, de vez en cuando el Atlántico se lleva por delante el paseo marítimo. La ocupación del litoral es un fenómeno muy reciente. El impacto humano sobre estos espacios, duros y a la vez frágiles, se concentra en unos pocos meses al año, pero en esa temporada asaltamos en masa las playas. Deberíamos recordar que nuestra presencia, y nuestras actividades, no deberían castigar a una flora y fauna que ya bastante tienen con el lugar en el que viven. Sobre todo, nunca, jamás, dañar la vegetación ni capturar o molestar a las especies animales que sobreviven a duras penas al asfalto, las urbanizaciones, las especies invasoras (además de la nuestra) y la contaminación por tierra y mar.
Lo siguiente que debemos tener en cuenta es el aporte de residuos. Una simple colilla enterrada en la arena tardará tres años en descomponerse. Las sucesivas campañas de la llamada «operación colilla» en la playa de O Vao, en la que se recogían miles de ellas en una sola mañana, ilustra bien ese impacto, aunque sea aparentemente poca cosa comparada con el encendedor desechable, que tardará cien años en descomponerse, o con los doscientos años de una lata de refresco.
Otras basuras causan impactos más directos, como las bolsas de plástico que al verlas flotando en el mar algunas especies (como las tortugas marinas) las confunden con medusas y se las comen provocándoles una muerte lenta y dolorosa. En realidad ya es difícil encontrar especies de aves y mamíferos marinos sin residuos plásticos de todo tipo en su interior.
Una simple colilla enterrada en la orilla tarda tres años en descomponerse