Recuerdo que cuando aún soñaba me tendía boca arriba sobre la hierba o la arena de la playa escrutando los cielos anchos del verano. Esa inmensidad oscura y silenciosa en la que chisporrotean las estrellas. Si te dejas ir, vas poco a poco sintiendo como la bóveda que contiene los astros te va envolviendo al igual que los gusanos hilan sus capullos de seda hasta abducirte y en menos de media hora te integras en el desfile eterno de los cometas. Enseguida se apodera de ti la borrachera sideral y la música estelar va suavemente traspasando el laberinto de tus oídos y danzando recorre tus venas encharcando sus zapatillas de ballet en tu sangre caliente y dulce como la miel recién depositada en el panal por mil enjambres de estrellas.
Si cierras los ojos percibirás como tu cuerpo asciende hacia el centro del universo. Levitarás sobre los anillos de Saturno y desde las alturas en las que los ángeles reparan las goteras de sus palacios, podrás divisar tu casa, tu cama y tus amores.
Sentado a la puerta de Orión el Cazador, verás como el urente faro del sol recorre tu planeta de oriente a occidente iluminando como un acomodador de librea el patio de butacas y dejando a oscuras el gallinero en el que los pobres defienden su vida golpe a golpe, verso a verso y a dentelladas secas y calientes como han profetizado nuestros poetas.
Los océanos te parecerán el agua que la pleamar estancaba en los malecones en los que te bañabas cuando aún amanecía tu vida; y las naciones, el huerto en el que los lagartos y las arañas jugaban contigo al escondite. Así de pequeña verás tu vida desde la puerta de la gran casa de Orión el Cazador.
Puedes hacer una visita a la Bella Andrómeda que te servirá higos de ámbar y te dará a beber agua de los ríos de la luna antes de emprender viaje a la Estrella Polar para tener la certeza de que has hallado el Norte de tu vida. No abras los ojos. Por favor, no abras los ojos y siente como flotas en la soledad extraordinaria de la que solo gozarás una vez. Vuela, vuela por los caminos de cuarzo y mira como el aleteo de tus brazos levanta el polvo de estrellas de los caminos del firmamento.
Llama a las puertas de la galaxia, golpea su aldabón de cuarzo hasta que el eco venido del fondo de un agujero negro conteste al silencio con un grito mudo. Pasea por el espacio exterior, haz piruetas en el aire vacío que te acuna y saborea la soledad infinita que tantas veces has ansiado. Escucha como alienta tu boca, como late tu corazón y como se despeña tu sangre inundando lo que era tu desierto interior.
Despréndete de tu traje, desnúdate y libérate de tu escafandra. Respira el aire que respira el mismo Dios y déjate mecer por las olas de la nada absoluta. Poco a poco irás descendiendo dejando atrás el planisferio celeste y las constelaciones se irán apagando hasta dejarte sin sombra. Sentirás la frescura de la hierba o la agradable tibieza de la arena ronroneando como un gato bajo tu espalda. Podrás entonces abrir los ojos y a ti volverá el aroma de la mar y de la higuera y estarás ya dispuesto, aunque seas un anciano, a comenzar de nuevo tu vida porque en tu mano cerrada habrás traído contigo un jirón de eternidad.