El ejercicio de ver más allá


El ser humano tiene la curiosa cualidad de intentar entender la realidad que le rodea y en esa tendencia irrefrenable suele, además, organizar la información que percibe de una determinada manera para que encaje con lo que piensa. Por eso, cuando vemos a una persona que vive en la calle, nos resulta más sencillo mirar hacia los harapos, hacia los cartones en la noche fría y hacia los aspectos más negativos de su situación, porque todas estas piezas encajan perfectamente en el puzzle de nuestra idea de pobreza.

Todos caminamos cargados de prejuicios, aunque realmente solemos vanagloriarnos precisamente de todo lo contrario. Es mucho más sencillo mirar donde mira la mayoría, escuchar lo que escucha la multitud y dejarse llevar por el camino interesado por el que nos suelen dirigir.

No obstante, podríamos hacer el divertido ejercicio de ver más allá, y atrevernos a mirar donde el resto no suele mirar. Hay personas especialmente dotadas para esta cuestión que son capaces de captar lo que algunos denominan el «vértigo del detalle».

Si frenamos nuestra tendencia natural a organizar la realidad en base a nuestras creencias, e intentamos realizar el curioso ejercicio de fijarnos en otros aspectos, nos encontramos gratas sorpresas como que una persona, a pesar de vivir en una situación de vulnerabilidad social, pueda tener recursos o capacidades, pueda tener sus hobbies, o pueda tener sus filias y sus fobias. ¿Por qué razón no iba a ser así?

Es como si, por arte de magia, al ver a una persona en la calle, llegásemos a la conclusión de que por el mero hecho de no tener un techo donde cobijarse, de carecer de dinero o de tener dificultades para sobrevivir, estuviese automáticamente anulada a nivel intelectual, o no pudiese tener una cierta cultura, incluso a veces como que si no tuviese la capacidad del habla. ¿Por qué razón tendría que ser así?

Decía Albert Einstein que es más sencillo desintegrar un átomo que un prejuicio, desconozco cómo se puede desintegrar un átomo, pero sé qué la única manera de poder desintegrar un prejuicio es simplemente escuchar, algo que desgraciadamente solemos hacer con poca frecuencia.

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