Hace muchos años ya que formo parte de ese ejército de ciudadanos anónimos y cabreados que identifica en las federaciones muchos de los males que aquejan al deporte patrio. Por cuestiones ajenas a esto de juntar letras, durante unos cuantos años de mi existencia me tocó lidiar (y digo bien, lidiar) con responsables federativos que supuestamente colaboraban en la organización de un evento deportivo de carácter internacional que hoy es toda una referencia en su disciplina. Digo supuestamente porque trabajar trabajaron poco cada vez que nos tocó sufrirlos. Sus preocupaciones eran otras. Casi siempre pueriles. Trufadas de motivaciones políticas exasperantes. Sus inquietudes, decía, parecían sospechosamente ajenas al deporte que debían promocionar. Deporte que por cierto les proporcionaba un medio de vida.
Al Teucro y a la ciudad de Pontevedra le ha tocado sufrir todas las miserias de este modelo. Un modelo que convierte a los gestores del deporte, en este caso del balonmano, en califas de lo suyo. En monarcas que hacen y deshacen a su antojo sin responder ante la historia o los compromisos adquiridos. En ese escenario, si te toca el presidente bueno, estás de suerte... Si te toca el malo (¿léase el tal Francisco Blázquez?), estás apañado.
A Blázquez, visto lo visto, le costó poco somatizar todos esos vicios que embrutecen algunas federaciones. Recién aterrizado en el cargo, decidió quebrar el principio elemental de lealtad y desairar no solo a la anterior directiva, sino al Teucro y a una ciudad que ha hecho del balonmano una de sus señas de identidad. Seguramente lo haya hecho porque no corren buenos tiempos en la casa azul, pero eso, en realidad, airea sus vergüenzas, no las de un club que es y será grande.