Una ventana al mundo

La Voz

FIRMAS

El cine, como la electricidad, fue madrugador en aquella Pontevedra capitalina de la Restauración. Apenas unos meses después de la proyección parisina de los Lumière, las imágines móviles hacían su presentación en Madrid (mayo de 1896), llegaban al Circo coruñés en octubre, y al año siguiente la prensa pontevedresa se hacía eco de la admiración que estaban causando las primeras exhibiciones del cinematógrafo en el Teatro del Liceo. Comenzaba el siglo del cine.

Durante algunos años, el cine fue sobre todo una novedad técnica, y sus temas eran grandes eventos internacionales, como el jubileo de la Reina Victoria. Pero en la década de 1910 aparecieron las películas con argumento, como Quo Vadis o Ben Hur, con aportaciones gallegas como Miss Ledya, en la que colaboró Castelao.

Actores como Chaplin, Harold Lloyd o Buster Keaton contribuyeron a popularizar el cine, pero no sería hasta la república, con la llegada del sonoro, cuando el cine se convirtió en un espectáculo de masas.

La república desgraciadamente duró poco. Y la noite de pedra del franquismo no sólo fue longa, sino negra. A pesar de la implacable censura del nacional catolicismo, el cine, sonoro y en color, nos permitió iluminar aquella oscuridad y soñar otros mundos.

Al Teatro del Liceo, y al Coliseum, abierto en la república, vinieron a añadirse el Victoria (1943) y una sala a la altura de Hollywood, el Malvar (1948).

Hollywood, junto a Inglaterra (Las cuatro plumas), nos inundó de color con superproducciones como Lo que el viento se llevó, Ben Hur o Lawrence de Arabia, pero nos mostró también el Oeste (Fort Apache o Sólo ante el peligro), la guerra sin épica (Senderos de gloria), la resistencia al nazismo (Casablanca), el cine policíaco (La jungla de asfalto) y la juventud americana de nuestro tiempo (Esplendor en la hierba).

El neorrealismo nos aproximó a la guerra y postguerra italiana (El general de la Róvere o Arroz amargo), la nouvelle vague al cine francés, y los cineclubs nos permitieron burlar la censura y ver películas como Roma, città aperta. Fue hermoso mientras duró.

Sin salas de cine, Pontevedra no volverá a ser como antes.