Poses y juegos de palabras


Decir que la actividad política se ha convertido en un conjunto de poses y juegos de palabras para alcanzar el poder y después mantenerlo con los mismos medios, ejerciéndolo con total discrecionalidad partidista o defendiendo interese ocultos al ciudadano, no necesita mayor demostración que un simple repaso a la historia reciente de este país. Ha sido tal el nivel de degradación, nos han mentido tanto y nos han colocado tantas vendas en los ojos, que a día de hoy todo se confunde.

Los últimos años de Felipe González fueron el inicio, con su negativa a reconocer que le habían crecido los enanos. Continuó Aznar con la mentira repetida cien veces y el neo caudillismo. Después vino la equidistancia irresponsable de Zapatero con su equipo en los mundos de yupi: el buenismo llevado al grado de estupidez. Y ahora toca el pasotismo con cara de póker, mejor sin explicaciones a los ciudadanos que cuando las hay son penosas. Si se quema la casa se deja arder sin pestañear, ¡para que vamos a sudar intentando apagar el fuego si podemos retirar los escombros en frio!

En cada etapa el modus operandi era festejado y aplaudido con las orejas por el correspondiente grupo mediático afín, con su cohorte de concubinas y palanganeros de la opinión, que nos hacían creer a los ciudadanos que cualquier opinión o actitud contraria era pecado mortal o constituía una flagrante ilegalidad. Pedir sensatez ante las veleidades sociales de Zapatero era considerado una traición al Estado de bienestar, un ataque a los desfavorecidos o ser tildado de xenófobo.

En la actualidad protestar ante el domicilio de un político ha llegado a compararse de forma reiterada con el nazismo, el fascismo o con los activistas proetarras. Una barbaridad sustentada por escribanos pagados, puristas o acomodados. Pero todos ellos han enmudecido cuando un hombre tan poco sospechoso de ser un anti sistema como es el presidente del Tribunal Supremo, asegura lo que ya era obvio para muchos: los escraches, si no hay violencia, son una forma democrática de expresar una opinión ante hechos gravísimos. Y sus incomodidades les van en el sueldo a los políticos.

Con esa torticera estrategia, de forma sibilina, nos presentan como más grave elementos secundarios o anecdóticos que el hecho en sí. Así para el «trescientosmileurista» González son más importante los efectos psicológicos que cuatro gritos producen en los hijos de los políticos que los sufridos por cientos de miles de niños expulsados de sus casas con total injusticia, alevosía y violencia. O que el manotazo de Beiras en la mesa del Parlamento tape una evidente estrecha relación del presidente de la Xunta con un narcotraficante, aunque fuese hasta hace diez años. Además, si reprochable puede ser la actitud de Beiras más lo es que Feijoo previamente lo ridiculizara de forma soez. Y un aviso a navegantes: tanto quieren recortar la democracia, ya cercenada por personas a las que no hemos elegido, que están propiciando el avance de posturas radicales en la sociedad.

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