Rastreo un billete barato de ida y vuelta en avión para Madrid. ¡Qué ilusa! Al llegar al enésimo buscador me convenzo de que no es que se haya pasado de rosca el ordenador, sino que los precios se han puesto por las nubes. Entre 150 y 250 anda la cosa ese día. Decido entonces cambiar de medio de transporte y me decanto por el tren. Por diez horas en clase turista y, por tanto, con la columna bien recta y sin pegar ojo en toda la noche me piden 85 euros. Si quiero dar una cabezada y compartir cabina con tres personas tengo que desembolsar 131 euros. Pruebo con el autobús y, pese a ser un servicio exprés, los buenos de los conductores no pueden hacer milagros al prohibirles pasar de cien kilómetros por hora. Si recurro a este servicio rápido, por seis horas y media de rodaje tengo que abonar 89,70 euros. En vista del éxito decido que lo mejor será cochar con güela, como decían cariñosamente los viejos del lugar cuando optaban por quedarse en casa con los suyos. Me pregunto qué gestiones hacen los políticos locales aparte de quejarse uno y otro día y de echarle la culpa a los demás de su falta de habilidad. Mientras que otros trabajan en silencio y logran atraer a las compañías para conseguir precios competitivos, en Vigo se vende humo y se actúa de cara a la galería sin ni siquiera sentarse ante una mesa para poner las cartas boca arriba. Menos mal que la realidad es tozuda y que los ciudadanos tenemos ocasión de dar cuenta de ella y de comprobar hasta qué punto es cierta la palabrería y la manía persecutoria del día a día. Menos mal, también, que nos queda Portugal, donde, por cierto el mismo billete de ida y vuelta a Madrid sale por 45 euros. El autobús desde Vigo por 18 (ida y vuelta) y el hotel en el mismo aeropuerto para dos personas, por 48. A eso se le llama gestión y coordinación. A lo demás, perder el tiempo.
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