La familia y el baloncesto llevaron a una rusa afincada en Compostela a trabar amistad con el célebre pívot
08 abr 2013 . Actualizado a las 07:00 h.La historia de Alexandra Gebrennikova es como muchas de las de españoles por el mundo pero de recorrido inverso. Arranca en Moscú y sigue hasta Compostela. Es también un viaje con intrahistoria, o con muchas historias, porque se educó de niña en la extinta Unión Soviética, conoció de joven la perestroika y, entre el azar y Cupido, ha echado el ancla a orillas del Sar.
Por el camino hay un hilo conductor que la acompaña, su gusto por el baloncesto. Le viene de cuna y, entre las vivencias que guarda con más cariño no duda en significar la amistad con el mítico Tkachenko. No todos los que conocieron el mapa europeo con la antigua URSS recordarán a Leónidas Breznev o a Yuri Gagarin, pero es difícil encontrar a alguien que no identifique uno de los bigotes más célebres de la década de los ochenta, el que sostiene los 220 centímetros de humanidad del célebre pívot.
-Tkachenko, Homicius, Belov, Gomelsky... Usted vivió esa época ya no en platea, sino entre bastidores.
-Mis padres jugaron los dos a baloncesto. En aquel entonces era una niña. Sí, recuerdo el piso lleno de jugadores de baloncesto, cuando mi padre los invitaba.
-La relación con Tkachenko es de otra etapa, aunque lo conoció en su apogeo.
-Sí, es curioso. Años más tarde mi hermana empezó a salir con un hijo de Tkachenko. Cuando me lo comentó, no me lo podía creer. Lo conozco más a partir de ese momento.
-Incluso con el tiempo coincidieron en Madrid.
-Yo ya estaba en España. Y Tkachenko vino a un acto promocional. Un día quedamos a comer y vino también Biriukov, que estudió en el mismo colegio que yo. Cuando se lo comenté, y que lo recordaba, le pareció increíble.
-En la cancha Tkachenko siempre transmitió la imagen de ser muy noble. ¿Es así?
-Es una persona superhumilde, de pocas palabras, un pedazo de pan. Si le pides cualquier cosa y está en su mano, puedes contar con ello.
-¿En Rusia se le recuerda tanto como aquí?
-Creo que no, y creo que es cosa del carácter. Por ejemplo, si vamos a Moscú y mi marido se encuentra con otro gallego, aunque no se conozcan de nada, aquello es ya una fiesta. Aquí, si coincido con gente de Rusia, es todo más frío.
-¿Qué recuerdos guarda de los últimos años de la URSS?
-Eran tiempos difíciles. Había racionamiento. Mi madre me llevaba a una cola y ella se ponía en otra. No sabías qué te iban a dar. En un sitio podía ser mantequilla, en otro carne...
-¿Y de la perestroika?
-Al principio, mucha preocupación. Parecía que iba a empezar la guerra: tanques en las calles, tiendas vacías, colas para comprar lo que fuese...
-Nada que ver con lo de ahora.
-Ahora hay más oportunidades de trabajo allí. Pero Moscú es una ciudad carísima.
-¿Qué le gusta más de Galicia?
-La tranquilidad de su gente y los paisajes.
alexandra gebrennikova ciudadanA rusa afincada en Compostela