Ya sé que sigue lloviendo y que los escasos rayos del sol se estrellan empapados contra las penosas aristas del alma del invierno. Ya sé, no me lo recuerde, que el viento racheado y violento entra por la bocana de la ría y se pasea entre los pararrayos haciendo girar alocadamente a las veletas. Envanecido se posa en los árboles y agita los nidos a medio construir por los pajaritos que han vuelto como cada año llamados por la divina voz de la primavera.
Si, el viento hace temblar los andamios de las esperanzas malogradas y dispuestas a ser reconstruidas y las lluvias torrenciales pretenden que cunda el desánimo y la angustia en nuestros corazones. Pero quiera o no quiera el dios del invierno, la diosa de la primavera acaba de posar sus pies de azúcar sobre la tierra y todo comenzará de nuevo.
Tal vez nadie vaya a ser mejor de lo que fue pero es una oportunidad para intentar pulir el espíritu y afinar el violín que llevamos impreso entre la piel y el músculo, como una marca que nos hace reconocibles en la inmensidad de un universo que nos bendice cada año con la visita de la eterna Madre.
Ya vagaron las gentes por los caminos de esta tierra inexplicada pidiendo lo que Machado pidió: «¿Quién me presta una escalera/ para subir al madero/ para quitarle los clavos/ a Jesús el Nazareno?» Y arrastraron cadenas y lágrimas que el vino del arrepentimiento madurará sobre las aceras de la soledad de cada quien. Desfilaron los cofrades cada uno con su cruz, su fe o su falta de fe y unos irán hacia Roma y otros hacia Cartago en un vano intento de redimir su existencia y expiar los pecados.
Pobres pecadores, a estas alturas ya deberíamos tener una clarísima conciencia de que el poder de este mundo, hombres y mujeres como nosotros, nos ahoga, nos tortura, nos roba y nos arrastra por las avenidas hasta, al fin, dejar abandonados al sol y a la lluvia nuestros despojos para que se los disputen los pobres de la tierra que vengan después de nosotros. Por eso amo con un amor casi insolente a Primavera que viene a despertar mi hambre y sed de justicia y con la luz tibia de sus alas, me arranca de lo profundo las ansias de libertad que había dejado abandonadas como un equipaje de arena a un lado del camino.
Si, ya sé que llueve y llueve y el viento amenaza mi tejado con su puño de acero, pero quieran o no quieran los cielos, Primavera triunfará como cada año en la batalla dura del parto que anuncia. Es un tren que no se puede perder. Una estación que se tragará el monstruo que nos persigue desde nuestro nacimiento. O nos rebelamos ahora o no lo haremos nunca.
Asaltemos, antes de que mueran los lirios y huyan los estorninos, las odiosas murallas que protegen a los corruptos, a los traidores, a los vendidos, a los asesinos, a todos aquellos que negocian con nuestra sangre y la sangre de nuestros hijos. Puede ser nuestra última oportunidad de reunir la fuerza y el valor suficientes para expulsar de nuestras vidas a los que pretenden ser los amos de todas las pequeñas y grandes cosas que la llegada de la primavera ilumina con mil soles de modo que todos, por un momento, podamos ver quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos.