Cada día Fran Hermida repite una rutina que consiste en conectarse a una máquina de hemodiálisis. Es su riñón artificial y forma parte de su familia. Sin más angustias
28 mar 2013 . Actualizado a las 07:00 h.En los hábitos de Fran Mosquera (Allariz, 1968) conectarse durante dos horas a una máquina que ocupa buena parte de su dormitorio no es más que otra pieza en el engranaje del día. «Yo me lo tomo como mi trabajo, sin más».
Con la pequeña Andrea repitiendo de memoria mil y un detalles del tratamiento de su padre y con su mujer, Rosi, apoyando en los mandos, Fran derrocha optimismo y, sobre todo, mucha calma.
«Seguro que si conoces a gente de diálisis, lo lleva mucho peor que yo. Yo estoy muy bien. Lo único es el hambre, tengo muchísima hambre y no puedo comer».
Esa es su particular crucifixión. Comer, además de hacerle ganar un peso indeseable, le proporciona líquidos que sus riñones no saben eliminar, así que, cuanto menos comida, menos trabajo para la máquina y más salud.
Fran sufrió muy joven una paralización total de la función renal y desde hace dos años es uno de los pocos gallegos que tienen en su casa la estructura para someterse a hemodiálisis: «En Ourense somos punteros; por mi casa vinieron profesionales de varios hospitales de Galicia para ver cómo funciona esto». El dormitorio es un hospital reconcentrado: el circuito por el que viaja su sangre para ser depurada se completa con un buen número de máquinas que realizan diversas funciones y un aparador y un armario hecho ex profeso almacenan un sinfín de productos sanitarios. «Todo esto nos lo da el Sergas, pero hay unos gastos de mantenimiento que tenemos que asumir. El recibo del agua se triplica y la luz también sube. Antes había unas ayudas, pero ahora lo recortan todo», lamenta Rosi.
Ella es el punto de apoyo en este hospital domiciliario. Recibió formación durante tres meses y, aunque es Fran quien asume todo su tratamiento, ella no falla. «Es Rosi quien lo lleva peor -cuenta Fran-; yo estoy muy bien. Antes tenía que ir al hospital a Ourense, salía de casa a las siete de la mañana y volvía a primera hora de la tarde. Estaba allí, en la máquina, cuatro horas y me sacaban cuatro kilos de líquido porque no era todos los días, así que, cuando volvía, después de ir recogiendo y dejando gente en la ambulancia, no podía ni caminar hasta casa. Estaba agotado».
Ahora se levanta a las nueve de la mañana, desayuna menos de lo que quisiera y se va a la piscina climatizada a nadar y a sudar en el baño de vapor. Al regresar a casa le espera su riñón artificial en el dormitorio. Tres horas después llega un momento feliz: la comida. Tras un pequeño descanso, una caminata de 12 kilómetros si el tiempo acompaña, media botella de agua sin gas en sustitución del tapeo y los vinos, cena y cama.
Es el trabajo de Fran desde hace dos años, tras un intento fallido de trasplante y la esperanza siempre alerta. «Sí me gustaría poder salir, pero, para viajar, tengo que avisar dos o tres meses antes para que me puedan atender en el lugar de destino y no lo hice nunca. La máquina te limita, es cierto, pero hasta cierto punto. Yo me lo tomo como parte de mi vida. ¿De qué sirve ser pesimista?».
EN Allariz UN Miércoles DE 11 a 13 horas