El cálido sonido de una viola

Bruno Díaz VIGO / LA VOZ

FIRMAS

Oscar Vazquez

Cuando se escucha hablar de una orquesta sinfónica lo primero que viene a la cabeza es una sección de cuerda frotada. Concretamente el violín. A pesar de que esta sección está compuesta además por el contrabajo, el violonchelo y la viola. Este último instrumento, por su gran parecido con el violín, quizás sea el de menor renombre dentro del colectivo. Aun así, la viola es el instrumento que, si bien pasa desapercibido, su ausencia no sería entendible en el concepto de la orquesta moderna. La viola es, junto a otros instrumentos como el fagot o el arpa, los grandes «maltratados» dentro de la tradición interpretativa. Pocos son los músicos que se adentran en dichos instrumentos. Si a esto añadimos que en «raras» ocasiones podemos escucharlos como solistas, se crea un cierto desconocimiento en torno al bello sonido que se puede obtener de ellos.

El pasado miércoles en el Centro Cultural Novacaixagalicia, la Real Filharmonía de Galicia, bajo la dirección de Christoph König, ofreció el Concierto para viola en do menor op. 25 de Edwin York Bowen y la Sinfonía nº 6 en re mayor op. 60 de A. Dvorák.

Lawrence Power fue el encargado de mostrar el cálido sonido que se puede conseguir con la viola. Interaccionó con la orquesta tanto visual como gestualmente y gozó la música hasta transmitirlo al público llegando al éxtasis en su cadenza. A pesar de un excesivo juego pirotécnico, el director condujo a la orquesta en sus dos obras con mucha maestría. Una vez más, esta orquesta pone de manifiesto que una agrupación de esta magnitud, no sólo debe interpretar las sinfonías incluidas en el canon. También puede mostrar al público un amplio abanico de posibilidades, tanto tímbricas como interpretativas, de las que puede hacer uso el conjunto de jóvenes profesionales que integran esta orquesta cercana ya a la mayoría de edad.